aifos

Colectivo de escritores en busca de conocimiento y letras. 2011

no oyes ladrar los perros de Juan Rulfo

Written By: admin - May• 30•11

Rulfo, Juan

No oyes ladrar a los perros
(El Llano en llamas, 1953)

—Tú que vas allá arriba, Ignacio, dime si no oyes alguna señal de algo o si ves alguna luz en alguna parte.
—No se ve nada.
—Ya debemos estar cerca.
—Sí, pero no se oye nada.
—Mira bien.
—No se ve nada.
—Pobre de ti, Ignacio.
La sombra larga y negra de los hombres siguió moviéndose de arriba abajo, trepándose a las piedras, disminuyendo y creciendo según avanzaba por la orilla del arroyo. Era una sola sombra, tambaleante.
La luna venía saliendo de la tierra, como una llamarada redonda.
—Ya debemos estar llegando a ese pueblo, Ignacio. Tú que llevas las orejas de fuera, fíjate a ver si no oyes ladrar los perros. Acuérdate que nos dijeron que Tonaya estaba detrasito del monte. Y desde qué horas que hemos dejado el monte. Acuérdate, Ignacio.
—Sí, pero no veo rastro de nada.
—Me estoy cansando.
—Bájame.
El viejo se fue reculando hasta encontrarse con el paredón y se recargó allí, sin soltar la carga de sus hombros. Aunque se le doblaban las piernas, no quería sentarse, porque después no hubiera podido levantar el cuerpo de su hijo, al que allá atrás, horas antes, le habían ayudado a echárselo a la espalda. Y así lo había traído desde entonces.
—¿Cómo te sientes?
—Mal.
Hablaba poco. Cada vez menos. En ratos parecía dormir. En ratos parecía tener frío. Temblaba. Sabía cuándo le agarraba a su hijo el temblor por las sacudidas que le daba, y porque los pies se le encajaban en los ijares como espuelas. Luego las manos del hijo, que traía trabadas en su pescuezo, le zarandeaban la cabeza como si fuera una sonaja. Él apretaba los dientes para no morderse la lengua y cuando acababa aquello le preguntaba:
—¿Te duele mucho?
—Algo —contestaba él.
Primero le había dicho: “Apéame aquí… Déjame aquí… Vete tú solo. Yo te alcanzaré mañana o en cuanto me reponga un poco.” Se lo había dicho como cincuenta veces. Ahora ni siquiera eso decía. Allí estaba la luna. Enfrente de ellos. Una luna grande y colorada que les llenaba de luz los ojos y que estiraba y oscurecía más su sombra sobre la tierra.
—No veo ya por dónde voy —decía él.
Pero nadie le contestaba.
E1 otro iba allá arriba, todo iluminado por la luna, con su cara descolorida, sin sangre, reflejando una luz opaca. Y él acá abajo.
—¿Me oíste, Ignacio? Te digo que no veo bien.
Y el otro se quedaba callado.
Siguió caminando, a tropezones. Encogía el cuerpo y luego se enderezaba para volver a tropezar de nuevo.
—Este no es ningún camino. Nos dijeron que detrás del cerro estaba Tonaya. Ya hemos pasado el cerro. Y Tonaya no se ve, ni se oye ningún ruido que nos diga que está cerca. ¿Por qué no quieres decirme qué ves, tú que vas allá arriba, Ignacio?
—Bájame, padre.
—¿Te sientes mal?
—Sí
—Te llevaré a Tonaya a como dé lugar. Allí encontraré quien te cuide. Dicen que allí hay un doctor. Yo te llevaré con él. Te he traído cargando desde hace horas y no te dejaré tirado aquí para que acaben contigo quienes sean.
Se tambaleó un poco. Dio dos o tres pasos de lado y volvió a enderezarse.
—Te llevaré a Tonaya.
—Bájame.
Su voz se hizo quedita, apenas murmurada:
—Quiero acostarme un rato.
—Duérmete allí arriba. Al cabo te llevo bien agarrado.
La luna iba subiendo, casi azul, sobre un cielo claro. La cara del viejo, mojada en sudor, se llenó de luz. Escondió los ojos para no mirar de frente, ya que no podía agachar la cabeza agarrotada entre las manos de su hijo.
—Todo esto que hago, no lo hago por usted. Lo hago por su difunta madre. Porque usted fue su hijo. Por eso lo hago. Ella me reconvendría si yo lo hubiera dejado tirado allí, donde lo encontré, y no lo hubiera recogido para llevarlo a que lo curen, como estoy haciéndolo. Es ella la que me da ánimos, no usted. Comenzando porque a usted no le debo más que puras dificultades, puras mortificaciones, puras vergüenzas.
Sudaba al hablar. Pero el viento de la noche le secaba el sudor. Y sobre el sudor seco, volvía a sudar.
—Me derrengaré, pero llegaré con usted a Tonaya, para que le alivien esas heridas que le han hecho. Y estoy seguro de que, en cuanto se sienta usted bien, volverá a sus malos pasos. Eso ya no me importa. Con tal que se vaya lejos, donde yo no vuelva a saber de usted. Con tal de eso… Porque para mí usted ya no es mi hijo. He maldecido la sangre que usted tiene de mí. La parte que a mí me tocaba la he maldecido. He dicho: “¡Que se le pudra en los riñones la sangre que yo le di!” Lo dije desde que supe que usted andaba trajinando por los caminos, viviendo del robo y matando gente… Y gente buena. Y si no, allí esta mi compadre Tranquilino. El que lo bautizó a usted. El que le dio su nombre. A él también le tocó la mala suerte de encontrarse con usted. Desde entonces dije: “Ese no puede ser mi hijo.”
—Mira a ver si ya ves algo. O si oyes algo. Tú que puedes hacerlo desde allá arriba, porque yo me siento sordo.
—No veo nada.
—Peor para ti, Ignacio.
—Tengo sed.
—¡Aguántate! Ya debemos estar cerca. Lo que pasa es que ya es muy noche y han de haber apagado la luz en el pueblo. Pero al menos debías de oír si ladran los perros. Haz por oír.
—Dame agua.
—Aquí no hay agua. No hay más que piedras. Aguántate. Y aunque la hubiera, no te bajaría a tomar agua. Nadie me ayudaría a subirte otra vez y yo solo no puedo.
—Tengo mucha sed y mucho sueño.
—Me acuerdo cuando naciste. Así eras entonces.
Despertabas con hambre y comías para volver a dormirte. Y tu madre te daba agua, porque ya te habías acabado la leche de ella. No tenías llenadero. Y eras muy rabioso. Nunca pensé que con el tiempo se te fuera a subir aquella rabia a la cabeza… Pero así fue. Tu madre, que descanse en paz, quería que te criaras fuerte. Creía que cuando tú crecieras irías a ser su sostén. No te tuvo más que a ti. El otro hijo que iba a tener la mató. Y tú la hubieras matado otra vez si ella estuviera viva a estas alturas.
Sintió que el hombre aquel que llevaba sobre sus hombros dejó de apretar las rodillas y comenzó a soltar los pies, balanceándolo de un lado para otro. Y le pareció que la cabeza; allá arriba, se sacudía como si sollozara.
Sobre su cabello sintió que caían gruesas gotas, como de lágrimas.
—¿Lloras, Ignacio? Lo hace llorar a usted el recuerdo de su madre, ¿verdad? Pero nunca hizo usted nada por ella. Nos pagó siempre mal. Parece que en lugar de cariño, le hubiéramos retacado el cuerpo de maldad. ¿Y ya ve? Ahora lo han herido. ¿Qué pasó con sus amigos? Los mataron a todos. Pero ellos no tenían a nadie. Ellos bien hubieran podido decir: “No tenemos a quién darle nuestra lástima”. ¿Pero usted, Ignacio?
Allí estaba ya el pueblo. Vio brillar los tejados bajo la luz de la luna. Tuvo la impresión de que lo aplastaba el peso de su hijo al sentir que las corvas se le doblaban en el último esfuerzo. Al llegar al primer tejaván, se recostó sobre el pretil de la acera y soltó el cuerpo, flojo, como si lo hubieran descoyuntado.
Destrabó difícilmente los dedos con que su hijo había venido sosteniéndose de su cuello y, al quedar libre, oyó cómo por todas partes ladraban los perros.
—¿Y tú no los oías, Ignacio? —dijo—. No me ayudaste ni siquiera con esta esperanza.

 

Las piedras de nadie

Written By: admin - May• 17•11

Zolliker, J.S.

 

Las piedras de nadie

Desde hace meses tiene una herida en la frente que no le cicatriza; carne viva para las moscas que no lo dejan en paz. Dolor de estómago tan fuerte, que a veces no siente las piernas o le cuesta trabajo caminar. Retorcer de las tripas, defecar donde se puede, incluyendo la propia ropa cuando la diarrea ya ni siquiera avisa.

Fuma colillas de cigarrillos que se encuentra tirados. Ya no es hijo de nadie. Vive entre basura, hace años que no se baña, sufre de incontinencia urinaria, tolera a todas horas la repugnancia de cualquier ser humano y ya nadie lo reconoce como su hermano. Le faltan varios dientes. No supo como los perdió. Quizás fuera el cemento respirado, o el cemento de una banqueta en una caída que le hizo perder también la razón.

No puede dormir y teme dormir. Ya nadie lo registra como tío. Se la pasa tirado, refugiándose del frío y la lluvia, donde pueda, sea una coladera o bajo un árbol. Quiere dormir pero no puede, y no duerme sino hasta que pasadas posiblemente 48 horas, logra conseguir algo con qué drogarse y entonces sí, cae agotado y no despierta a lo mejor en un buen rato.

Primo de nadie, bebe agua sólo de fuentes verdosas y charcos. No se corta las uñas; se las muerde. Las de los pies sólo cuando alcanza y puede. Ojalá y se encuentre hoy colgado de unos cables de luz, un par de zapatos. Trata de sacar unos centavos limpiando espejos de autos con su camisa en un semáforo. Come lo que puede recoger de la banqueta, y hoy su almuerzo constó de restos de pan de una torta embarrada de mugre y grasa de carro; al menos no tuvo que peleársela a los perros que rondan las sobras de changarros… Padre de nadie, hijo de nadie, hermano de nadie, tío de nadie, preocupación de nadie.

A nadie le importa que sin motivo alguno, cada semana, se lo lleve un carro de policía. Él trata de evitarlo. En esas extrañas ocasiones cuando está abstinente, cuando tiene una chispa en que reconoce la realidad, se prepara, se esconde, huye, pero lo alcanzan una y otra vez. Ya sea por cansancio, o porque no puede correr, o porque los glaciales comerciantes ambulantes lo señalen para que no les apeste a los marchantes, invariablemente, se lo llevan. A la misma hora, por lo regular. Solamente los sábados, y se pierde por un tiempo, y luego regresa y sin mirar con rencor a nadie, se acuesta sobre la misma cochina manta y cartón de siempre.

De los testigos, no faltan los que piensan cometió un delito. Algunos, aún más ingenuos, creerán lo llevarán arrestado hasta que le retorne la sobriedad. Y tú, seguramente, hasta alivio sentirás, pues su olor, su presencia, su imagen, te hacen sentirte inseguro y te incomodan como a todos los demás.

Lo que no se conoce, es lo que sucede después. Porque él tiene miedo, cada nueva ocasión, más y más fuerte. Se marea, el corazón le late despavorido, siente que se ahoga, la boca se le pone seca, tiembla, ruega, le dan náuseas y suda como caballo. De tener algo en el estómago, lo vomitaría o lo evacuaría, y es que hasta los animales saben cuando los llevan al veterinario; o al matadero.

A las afueras de la ciudad de un nombre que no importa, por la salida a otra ciudad, pasando más allá de bodegas industriales, donde hay pistas ilegales de hipódromo y aún no llega el drenaje, se reúnen una vez a la semana en alguna inexplorada vereda, a penas una docena de policías, licenciados, judiciales, politiqueros y alguno que otro artista, iluminados acaso por la luz de la luna y faros de automóviles que forman un círculo para recrear un sangriento y entierrado coliseo, y los ponen a pelear.

Peleas de vagos o vagabundos les llaman aquí. Bumfights, por allá.

Una vez a la semana, la vida de estos miserables recobra valor; al menos para alguien más. Corren las apuestas. Cada quien lleva a su candidato a la pelea, si ganan, salvan la vida y el cinco por ciento de las ganancias siempre y cuando no pasen de 500 pesos. Si no, encajuelados los llevan a algún parque o callejuela y ahí los dejan acostados. Si mueren de frío o por la golpiza, da igual. “Gallo vencido, no sirve ni para hacer caldo”. Total, ninguna autoridad les hará necropsia porque no son nunca el primero y además, hay que decirlo, hasta asco les da.

Explotan así los instintos más básicos, más animales; supervivencia sin importar lo que cuesta, golpear y fracturar por unos pesos, explícitamente nada que perder, morir o matar para seguir siendo miserables, que más da. La última vez, él no se pudo detener. No se dio cuenta de lo que sucedía sino hasta que los estertores de muerte asfixiada de su oponente, lo sacaron del transe animal.

Pero hoy, todo cambiará. Hasta aquí. Hoy ya no más. Nadie sabrá porqué. Nadie se detendrá a investigar. Hoy, verá la torreta del carro de la policía y tomará una decisión. La vida no le vale. Y ya no quiere volver a tomar la de nadie. Besará su escapulario. Los ojos le brillarán un instante, recuperará la dignidad. Sonreirá porque en su locura logrará comprender de pronto, que su vida es suya y de nadie más. Y así, sin previo aviso, se arrojará a las vías del metro o a las llantas de un camión que irá cruzando la calle. Total, será una muerte inexplicable más, de esas que suceden en cualquier ciudad. Su cuerpo, nadie lo reclamará. Nadie lo extrañará. Si acaso, en las noticias un segundo en televisión le dedicarán. “Aproximadamente a las 13 horas del tiempo local, un hombre se suicidó arrojándose a…”

Padre de nadie, hijo de nadie, hermano de nadie, tío de nadie, piedra de nadie, preocupación de nadie. La suya, es de esas miles de historias que suceden a diario y que a nadie, le importan un carajo. Padre de nadie, hijo de nadie, hermano de nadie, tío de nadie, preocupación de nadie… Punto final. Puto final.

 

Guillermo y yo

Written By: admin - May• 17•11

Urquiza, Ignacio

 

Guillermo y yo

En la vereda que va a la casa de Don Antonio allá en Tepoztlán, me topé con un hombre en overol de mezclilla, paliacate y sombrero  de paja.  Estaba sentado encima una gran piedra que divide dos caminos, el de Don Antonio y el de la huerta de ciruelos de Amalia Ferretti.

– Buenos días. Me dijo con una voz tranquila, pausada , profunda.

– Buenos dias contesté y lo voltee a ver.

– Para la casa de Don Antonio es para allá?

– Sí es el camino mas corto. Si va para allá dígale a Toño que lo saluda Guillermo.

– Si yo le digo.  Bueno hasta luego  y gracias.

A los pocos metros sentí que debia regresar a platicar con ese hombre cuya paz habia yo detectado. Me di media vuelta y me acerqué con la intuición de que ese encuentro podia ser importante para el proceso en que estaba yo trabajando en esos dias.

-Ah perdone! Cómo llego a la huerta de ciruelas?  Le pregunté, dando un vistazo a su blanca piel enrojecida por el sol  y los ojos azules como de la gente de Michoacan o de Jalisco.

– Ah mire, es por este camino a menos de medio kilómetro esta la huerta de Amalia.

Me llamó la atención su voz tranquila y me acorde que Don Antono me habia halado de su amigo Guillermo. Y me atreví a preguntarle.

– Me estoy acordando que Don Antonio me habo de usted alguna vez, que le habia enseñado a meditar.  Si es usted? Usted medita o algo así?

-Sí , yo le enseñe a Toño. Es muy sencillo.

– Me gustaría tener esa paz, así como veo que a tiene usted. Como se hace?

-Ah pues es una técnica muy simple que ha hecho a grandes hombres estar en su centro y experimentar una gran paz aún en las circunstancias más adversas. Mira siéntate acá en esta piedra.  Budha, Mahoma, Jesús, Ghandi , Ignacio de Loyola, Frankl. Todos han sido meditadores .    El único requisito para hacer este ejercicio es mantener la espalda  bien derecha.  A ver.  Cierra los ojos;  intenta que tu expresión sea de una ligera sonrisa.  Ahora imagina que el aire que vas a respirar es blanco, como un vaporcito y vamos a ponerle hoy el nombre de Paz. Vamos juntos a respirar Paz hasta que nos llenemos de ella.  Es un prodigio de la imaginación.    Ahora con la temperatura del aire: si te mojas los labios y respiras con atención vas a poder constatar que la temperatura del aire que entra está mas fresca que la que ya esta dentro.   Suponemos que el aire que esta dentro esta contaminado.  Listo?  Ahora vamos metiendo aire nuevo y con la imaginación hacemos que  vaya ocupando el espacio del otro aire que estaba antes, pasando por el tronco, vientre ,  espalda, órganos, muslos,  hombros, cabeza, oidos, hasta que te llenes todo hasta los pies y  las manos de pura paz.

En unos 15 minutos estabamos constatando y comprobando que no habia un centímetro de mi cuerpo  que no estuviera renovado. Experimentaba una paz nunca antes sentida, acompañada de gran ternura. Todo estaba perfecto, éramos una misma cosa ,una sola unidad; mi maestro , el aire , los sonidos  de los pájaros y yo.

Me despedí emocionado y muy agradecido. Seguí citándome con él aprendiendo a recorrer mi cuerpo y aprendí a sanarme y a curar heridas que no hay otra forma de curarlas, ya que están ubicadas en el cuerpo pero son orginadas por el espíritu en su parte insana o en sus momentos o etapas oscuras. Ahí se quedan y, si no se sacan y se convierten en enfremedad , en violencia o en demencia.

Seguí yendo a Tepoztlán a mis entrevistas y a las enseñanzas de mi maestro Guillermo.  Su estructura jesuítica le permitía enseñar con facilidad y mi necesidad de curación agradecía todas sus palabras.  Le conté muchas cosas y me ayudaba a sacar piedras o trozos de materia de formas diversas que estaban clavadas instaladas en partes de mi cuerpo.

Días después me senté frente al estanque con nenúnfares y lirios  de la casa de Don Antonio. El agua tenía transparencia que me dejaba ver con claridad diáfana las algas  y musgo que cubrian las piedras del fondo.  Metí mis pies descalzos y empecé a mover el agua y a deslizarla desde el dedos hasta el talón lo que me daba una sensación de frescura .  Nunca ví agua mas clara .

Decidí usar el método de Guillermo para limpiar algunas cargas que no me dejaban tranquilo.  Sabía que algun día tendría que sacarlas y ese era el momento.  Me habían prestado la casa a mi sólo; no esperaba a nadie ; eran las 10 de la mañana.  Depaché al servicio y me senté al centro del jardin unos metros frente al estanque  y empecé a respirar tal y como me había enseñado Guillermo; espalda recta, ojos cerrados, expresión a gusto, aire blanco como vapor, intercambio de temperaturas. Al cabo de un rato detecté una  forma como de la cabeza de una gacela con todo y cuernos de perfil instalada entre mi espalda y el cuello , los cuernos entraban hasta el centro de mi cerebro.  La densidad y color  de la pieza era el de la madera de cedro rojo. Definitivamente no debía estar ahí.

Visualicé la parte más pura de mí, la más diafana y sana como esa agua perfecta del estanque. Era como mi escencia.  Le pedí a Guillermo, aunque no estaba ahí conmigo, que me ayudara a desprender esa parte de mi, a desdoblarme . Era mi intuición la que me llevaba; ese ejercicio nunca antes lo habiamos hecho.   Ahí estaba yo, ahí arriba, a unos tres metros del piso, podia volar y moverme alrededor de mí mismo , porque  yo también estaba ahí sentado en el cesped respirando y trabajando a gusto, sin miedo.   Abajo en el cesped se habia quedado mi cuerpo con esa figura incrustada , densa y de seguro, no buena. Hice lo que Guillermo me iba pidiendo: suaviza el material primero, hazlo como de goma como flexible, después llévalo aun estado viscoso y más y más líquido para que pueda salir como por derretimiento a través de tu piel hacia el pasto y hacia la tierra que hay debajo .

Verifiqué que no quedara nada, en ninguna parte de mi cuerpo , me dijo Guillermo que ahora tocaba llenar todo ese espacio que quedó  vació de nuevo aire; que  habría que restituir las células que se perdieron por celulas nuevas, puras , bendecidas por él.   Me dejé llenar de eso unos 20 minutos.   Después llamé a mi otro yo para que se bajara a reunir conmigo ; él sabía dónde y cómo acomodarse.    Intuí que me debía cambiar de lugar y  me acerqué hacia el agua unos dos metros hacia la derecha y dos hacia el frente , casi donde ya podía sentir la humedad y la cercanía del estanque de nenúnfares.   Ahí sentí perfectamente como se fundían mi dos yos ;  con mucha paz y sin miedo a esa dimensión.  ( Recuerdo que en las primeras experiencias con mi maestro, sí me erizaba el cuerpo por estar tratando con algo desconocido.)

Después de un rato, abrí los ojos, me acerque más al estanque y metí mis pies de nuevo en aquella agua de la cual ya era yo parte.  Eramos una sola cosa el estanque, Guillermo, el aire y yo.

 

Epitafio para mi amigo vivo

Written By: admin - May• 16•11

Ansaldo, Victoria

 

Epitafio para mi amigo vivo

Yo ya estoy del otro lado. Te veo cada mañana, cuando te ponés el traje y te das unas palmaditas en la cara con colonia después de afeitarte, y te despedís de tu mujer. Te acompaño a leer el diario, tranquilo. Abro con vos la puerta de la oficina, saludo al portero con ese vozarrón que es como una campana que festeja cada mañana.

Sé que me cuidás, que te seguís acordando de mí cada día, que me extrañás. Entiendo que  no te acostumbres a ver mi escritorio vacío, a mí me pasaría lo mismo. Sería insoportable saber que ya no podremos compartir nuestras queridas comidas, nuestras travesuras, tantos secretos… Y me alegra no ser yo el que se quedó, añorando lustros de amistad.

Este epitafio es para vos, para mi amigo vivo, para honrar tu lealtad, para contar de tu nobleza y de tu corazón, gigante.

Señores, estamos aquí reunidos para ver a este hombre, que es mi hermano. Se los presento no sólo para que lo conozcan sino para que lo sigan, nosotros desde aquí tenemos este privilegio, y lo quiero compartir con ustedes, aunque hace poco los conozco. Pero a él, a mi  amigo, a Tito, lo conozco de siempre. Hasta parece que nacimos juntos.

Desde jóvenes compartimos el amor por los números y por las charlas. Vimos crecer a nuestros hijos y nos confiamos la vida. Siempre nos entendimos, y dudo que alguna vez nos hayamos juzgado. Nunca dejó de decirme la verdad, y siempre me acompañó cuando decidí seguir mi camino. Y cuando este sendero se precipitó sorpresivamente en un abismo, él me rescató, pero no me tendió la mano, me cargó en su espalda.

Tenemos los mismos códigos, hacemos las mismas picardías y nos perdonamos todos los tropiezos. Pero por sobre todas las cosas ¡cómo nos gusta la vida! Cómo disfrutamos cada café, como si fuera el último. Nos hemos comido los años a la napolitana, o a caballo con papas fritas…Un lujo. Y es quizás por eso que yo llegué primero. Y lo extraño, la muerte no es lo mismo sin él.

Señoras y señores, mis estimados compañeros, hoy quiero brindar por mi amigo. Tomémonos de las manos y oremos por su alma, acompañémoslo en estos años que le quedan por delante, que son muchos. Estemos junto a él en sus asados, abracemos a sus nietos y bebámonos su vino. Velemos cada uno de sus pasos y cuidemos a los suyos. Por él sigue cubriéndome la retaguardia, porque mi familia es la suya más que nunca, y porque ahora sí le estoy eternamente agradecido.

 

De pesimismo y cosas mejores

Written By: admin - May• 16•11

Ansaldo, Victoria

De pesimismo y cosas mejores

No me caracterizo por mi optimismo. Siempre digo que si hubiera nacido antes que Murphy, la ley de Murphy se llamaría la ley de Victoria. No es sencillo dar cada paso con sensación de tragedia, vivir con la conmoción de lo dramático segundo a segundo. Suena a mucho, quizás, puesto es palabras, parece peor de lo que es. O probablemente sea mi inexperiencia frente al papel, lo que me impide transmitir con precisión la naturaleza de mis sentimientos. Sin embargo, no estoy lejos, y la conclusión es la siguiente: qué bueno sería ver las cosas sin el velo de lo adverso. Pero como dicen por ahí, “Dios aprieta pero no ahorca”, y así como tengo esta herida que no deja de sangrar, tengo también la tozudez de una cabra, de un alpinista, de un músico perfeccionista, de un alcohólico irrecuperable. No ceso en la búsqueda de un remedio, no he dejado de bucear en los recónditos rincones de mi alma por siglos, pareciera, indagando por una razón y en esa causa busco la redención. Hoy por hoy, creo que solo quiero salvarme, si no encuentro un porqué, qué más da, sólo quiero romper el yugo que me atan a este barco que padece en la tormenta.

Cuando veo el famoso cuadro de Magritte, ese del contorno del hombre con bombín, relleno de cielo, así me veo, así nos veo. La infinitud, la inmensidad del cielo… ese es el hombre. Y en ese inacabable cielo hay espacio para todo. Y en mi cielo hay un sol que brilla, enceguecedor. Es el sol de la obstinada, de la caprichosa niña que busca el juguete perdido. Esa esperanza inagotable es lo que me permite luchar sin descanso y sorprenderme de las más pequeñas de las pequeñeces, eso es lo que me libera y a la vez me define. Me define tanto como lo trágico. De nuevo, y obviamente, las causas son muchas, y quizás caminan juntas, desde que nací. Pero hay una, una especial que hoy me conmueve más que ninguna, que fragua mucho de lo que soy.

Creo que aquí no acaba todo. Creo que esta tierra es sólo un paso, que algo nos espera, aunque no sé cómo será. Muchas veces, en las preguntas simples de mis hijos me repregunto mis propias dudas, pero he aprendido a convivir con ellas. Mi pesimismo estructural no ha corroído esta esperanza, quizás, hasta la hace más fuerte. Probablemente Rilke tenga razón,  y al llegar al otro lado nos cueste no desear lo deseado, no atribuir significados… Aunque, a decir verdad, aún si intento pensar que la visión de Rilke se toca con la mía…no, no lo creo. La plenitud, la paz, el consuelo, la claridad de saber las cosas como son…eso no es Rilke. No es que no le tenga miedo a la muerte, aunque sí temo mucho a otras cosas, como a la soledad. No es que no me importe dejar este mundo, no. Es que confío en que nos espera algo distinto, mejor, y no vamos a extrañar esta vida, aún sus goces más abundantes, sus amores más profundos y sus bellezas más cautivantes.

Y es así que encuentro un poco de consuelo en la partida de Papá. Cuando la gente muere muchos dicen: “nos dejó”. La gente que muere no nos deja, sólo se va. Su ausencia es la que nos acaba, nos destruye, nos aplasta. Sin embargo ellos sólo se van, quizás antes de lo que querríamos; ciertamente así nos dejó Papá. Todavía llevaba en mi morral abrazos no dados, risas, perdones, viajes…años, años y años. Había recorrido tanto camino para quererlo como lo quería, y todavía me faltaban caminar muchos pasos para quererlo como hubiera deseado, con más libertad, con menos dudas. Sin embargo se fue, no me esperó, y no tenía porqué. Porque mi camino es mío y lo voy a seguir recorriendo. Porque cuando llegue a mi destino, él estará esperándome, para darme una abrazo en el alma, para agradecerme la tozudez, -de él heredada-, para acariciar mis heridas y curarla con sus besos celestiales. Y entenderá todo, porque en realidad ya lo entiende, soy yo la que sigo en penumbras, con mi pequeña vela de esperanzas, buscando desesperadamente respuestas. Él ya las tiene todas y creo que es por eso que no hablo, que no le hablo, porque sé que el ve mi corazón, y me comprende y me sigue queriendo como soy, pero ahora y en serio, hasta el infinito.

Lejos

Written By: admin - May• 16•11

Ansaldo, Victoria

Lejos

¿Dónde está el horizonte? Dónde dejé el solaz de lo interminable de mi tierra. Cómo es que no lo cargué en la valija. O mejor, digo maleta. Dónde está mi cielo turquesa. Quién me lo quitó. Es ella, si es ella. La que repite el mismo ritual cada mañana y cada atardecer, cuando el sol se esconde tras el marco de este hermoso valle que ya no es, y disfruta de las montañas casi con locura. Ella me trajo, quizás no me preguntó, o quizás sabía que iba a decir que sí, obediente, como siempre. Probablemente ella sabía más que yo, aunque fuimos las dos, enamoradas, las que llenamos una forma migratoria de sueños.

Somos muy amigas, ciertamente, y nos admiramos mucho. Sin embargo, a veces nos hacemos daño. Son nuestras diferencias, pocas, pero profundas casi siempre. Ella todo el tiempo crea, planifica, ve hacia adelante. Y sus planes son osados, y no me pregunta, se lanza. Yo quedo siempre un paso atrás, tratando de entender qué nos pasó, o qué me hizo.

Tenía una familia, un mundo, un yo. Éramos una, bueno…más o menos. A mi me gustaba caminar por mis calles, tranquilas. Tomar el tren, ver a la gente, sentir el viento del rio que entraba por la ventanilla abierta y escuchar a los músicos, a los que venden estampitas de santos, o golosinas para llevarle a casa a los chicos después de un día fuera, en el Centro. Ella es del mundo, de lo que todavía no es, de lo nuevo, lo sofisticado y a veces hasta de lo frívolo. Cómo se lo agradezco, me da aire, me hace reír y muchas veces me aterroriza. Ella creó una familia, que es la misma, pero nueva. Aunque les confieso que extraña a la que está lejos, igual que yo, y la quiero por eso, me da ternura su fragilidad, y no entiendo porqué insiste en construir esas murallas.

Yo soy de donde nací, ella de donde nos van a enterrar, juntas por suerte. Yo soy la que es, ella la que se construye día a día, en cada caricia, en cada Nesquik, en cada chingada madre y en cada oración por los que no están con nosotras, están lejos. Yo le enseñé casi todo y ella me da alas, aunque en secreto les digo que fui yo quien le enseñé a volar, para salir de mi encierro, de mi pereza…No me arrepiento. Si la vieran emocionarse con cada “grito de Guerra”, con las campanas del 15 de septiembre, con el cantar de sus hijos y el abrazo de nuestras nuevas amigas. Si la vieran me entenderían, y la querrían como yo. Pero ahora es mi turno, y no lo digo con rencor, con revanchismo o intolerancia, lo digo porque creo que es lo mejor par las dos. Hoy van a saber de mi, me pondré sus alas y volaré hacia ella, para ser una, si es que es posible.

Mi Epitafio

Written By: admin - May• 16•11

Reynoso, Ignacio

 

Mi Epitafio

Mi nombre y mi recuerdo han de morir conmigo
porque no fui un artista, ni un héroe, ni poeta.
Sin herencia de sangre, ni legado o fortuna
no queda quien me llore, ni nadie que me cite, ni me nombre.
No fui  tronco, fui flor, fui ola, humo, viento,
un surco en el océano de humana inspiración insatisfecha,
fuego fatuo que ardió para cambiar el mundo,
palabras en el aire, ecos mudos.
 
Amé y fui amado; sin razón ni remedio.
Entregué el corazón. No fui mezquino
ni en amor, ni en dinero, ni en años compartidos.
Sensible a la belleza y al placer
mi cuerpo celebré sin contrición en juegos libertinos.
Generoso en sonrisas y en palabras de aliento
intenté ser hermano, hijo, amante, amigo y compañero.
Compasivo y honesto; alegre y serio,
tímido y temeroso del destino
no tuve más opción que ser valiente
y seguir el camino que trazaron mi ambición y mi intelecto.
 
Observé el universo con asombro de niño
y leí en las estrellas, las piedras y los cuerpos,
del devenir humano las historias,
la grandeza del alma, sus odios y sus miedos.
Aprendí poca cosa pero seguí mis sueños
y aunque nada logré y nada me llevo
entre mis animales muero en paz,
harto de vida y con los ojos llenos.

Un afinado gemido

Written By: admin - May• 11•11

Bernal, Magdalena

 

Un afinado gemido.

 

Como mi amiga Sofía, yo también soy aficionada a la ópera; a la adrenalina e intensidad que ella me genera, a la piel de gallina, a las risas y a las lágrimas. Como aplaudirle a un toro arrastrado por dos mulas después de una gran faena, así se siente la ópera. Es drama, es tragedia, es pasión, es historia, es dolor, es amor: es la vida misma.

El teatro está a reventar; europeos, rusos, japoneses y algunos americanos. Mientras sorbo mi copa de Perrier-Jouët, leo su nombre varias veces en el dorado marco sobre la pared. Tenor: Emil Kummer. Tengo todas sus óperas pero es la primera vez que lo veo en vivo. Para los críticos operísticos, este atractivo milagro alemán es un raro fenómeno que llena las casas de ópera europeas de un público más joven y femenino de lo acostumbrado.

Se abren majestuosas las cortinas de terciopelo rojo. Aparece una contemporánea escenografía de La Traviata de Verdi: un gran reloj, tres altísimas paredes y piso, blancos todos, contrastan con un negro cielo. Cantando en su agudísimo bello timbre aparece la famosa soprano eslava Natasha Vólkov enfundada en un sensual vestido rojo, en el papel de una radiante Violetta.

De pronto se hunden mis entrañas con sólo verlo salir a escena: Emil Kummer, protagonizando a Alfredo Germont canta cómodo mientras sonríe, el aria estrella de la noche, “Libiamo ne´lieti calici”. Se balancea de un lado al otro, toma por la cintura a la Vólkov mientras brinda con el público al ritmo de la pegajosa letra. Cerca de terminar el aria, de pronto me voltea a ver: sí, a mí. No de reojo; mira fijo mientras canta. Giro con risa nerviosa a los lados a ver si alguien nota el hecho: el público me observa intrigado. Me ruborizo y hago rápida remembranza a la cantidad de copas ingeridas; sólo dos, ni para arrancar motores. Parpadeo para desenmascarar mi alucine: me sigue viendo, todo el teatro nos está viendo. Ya no hace caso a una celosa Vólkov y me canta con ese color de voz que resulta una caricia al oído. Dios, una cosa es mi relativo éxito con los hombres y otra que Emil Kummer, a media Traviata, me seduzca abiertamente entre el público. Me llama con el brazo mientras canta  “Nessun Dorma” de Turandot. Esto es irreal; dejó atrás a Verdi y ahora canta arias de otras óperas y compositores. Me invita a subir al escenario con la mano y la mirada mientras una cruzada de brazos Vólkov hace puchero de niña pequeña. Emil continúa su curioso popurrí con mi favorita “Furtiva Lagrima” del Elíxir de Amor. Levanta juguetón las cejas al tiempo que me lanza su popular desafiante sonrisa: no puedo hacerme más de rogar o de extrañeza y me levanto obediente en una robótica hipnosis.

Recorro el pasillo y subo taquicárdica los escalones: estoy en el escenario de La Traviata. Kummer me toma de la mano. La música toca una hermosa overtura de Rossini. Empieza a moverse presurosa la escenografía; anochece con un cielo estrellado y emerge una fastuosa luna, aparece un árbol de castaño en el centro del escenario y arriba a la derecha, un balcón de herrería: estamos en el Barbero de Sevilla.

Abrazo nerviosa a Kummer quien pasó en segundos de un moderno trajeado Alfredo de La Traviata, a traje Corto español en el papel del Conde Almaviva. Me pasmo al notar que mi ajustado strapless de encaje negro se convirtió en el corto vestido ampón de Rosina la protagonista y sus obsoletos zapatos. Bendigo al cielo por que nadie pretende que cante: hubiera sido una eficiente manera de vaciar el teatro y de congelar a Kummer, mientras a lo lejos, una fúrica Vólkov sigue cantando precisa mis respectivas partes de Rosina.

Súbitamente todo es silencio; apenas se escuchan unos lejanos pizzicatos y a un nostálgico bajo profundo que entona una mítica aria de La Flauta Mágica. Emil abre mi desconcertada boca con su cálida lengua mientras me sujeta firme. Empiezo a soltar el cuerpo frente a lo inusitado del evento y la novedad de las manos y el sabor del tenor. Estoy atrapada en un vaivén de imperturbable deseo y conciencia de la mirada ajena. Me carga de la cintura al tiempo que se me sube el vestido y lo rodeo firme con mis piernas en una divertida culpable excitación de que Salzburgo entero me esté viendo las nalgas.

El empático conductor empieza a dirigir “La Cabalgata de las Valquirias”. Me deja de importar la gente, su cuchicheo y la viboreada asesina cuando regrese a México. Nos besamos los labios, la lengua, las orejas, el cuello. Con sus largas manos estruja circularmente mis erectos senos mientras me sujeto de su gruesa melena ondulada. Me recuesta de espaldas debajo del árbol donde otrora el Conde Almaviva le canta deseoso a su virginal Rosina en el balcón. Se quita el bolero rojo y la camisa amarilla: su tórax aparece atrevido frente a mi hervor. Retumban mis latidos y vientre al escalofriante ritmo de la cabalgata de guerreras semidiosas wagneriana. Se quita el pantalón, yo me deshago complaciente del anticuado vestido de Rosina. No traigo brassière, levanto ligera mis caderas y me saco la pequeña lencería mientras miro absorta la vigorosa erguida arquitectura del tenor apuntando hacia mí. Me toca con pericia y empieza a besar mi anhelante sexo. Arqueada en éxtasis noto a medias tintas a la gente, arriba en los palcos, que nos observan con morbosa atención; algunos incluso con catalejos para afinar detalles, unos cuantos se masturban discretos y otros más salen del recinto del brazo de sus indignadas señoras.

El director hace epilépticos aspavientos mientras la intensidad de Wagner está en pleno: pareciera que nuestro clímax y el de La Valquiria se pusieron de acuerdo. La temperatura y el volumen del teatro arde; varios aficionados aplauden y chiflan. Cierro los ojos para desaparecer a los voyeristas. Emil se sube a besarme nuevamente en la boca, pruebo la combinación de nuestros sabores y abro mis alas a la experiencia: me rindo a una penetrante batalla al decidido ritmo del alemán.

Me hace el amor fuerte, casi violento, mientras me aferro gozosa al tronco de fibra de vidrio para eventualmente sentir mi propio espasmo y escuchar su brutal, profundo y afinado gemido: un hermoso canto al desfogue. Qué bonito se escucha un tenor cuando se viene, pensé anonadada.

Salgo del teatro para encontrarme con un hermoso cielo austriaco azul sin nubes. Despeinada y riéndome sola, camino con los zapatos y vestido de Rosina por las calles de Salzburgo. Una sola idea se repite constante y alegre en mi mente: la vida es la mejor puesta en escena.

Fértil escusa

Written By: admin - May• 11•11

Bernal, Magdalena

 

Fértil escusa*

 

Desde que un crucificado Cristo me recibió en aquella entrada, para después toparme con su madre de cantera en el jardín, supe que estamos en manos de una doctora subjetiva que dudo hará mucho por nuestro matrimonio en ruinas y por mi creciente rechazo a todo lo que huele a juicio y mochería.

En un acto desesperado, mi suegra nos consiguió el dato de la terapeuta matrimonial. Ni las habladurías o sospechas de amantes de su marido habían puesto tan nerviosa a la religiosa Márgaro como la posibilidad de tener un hijo con estatus de divorciado.

La doctora Consuelo personifica nuestra salvación del pecado mortal que significaría romper el sacramento del matrimonio. Sentada frente a nosotros con piernas cruzadas, maquillaje impecable, peinado de salón y mascada anudada como quien toma un curso en el tema, más que una terapeuta en parejas parece una cursi asesora en imagen personal.

Con su habitual mirada fija al infinito, Luis observa la mesa. Está desesperado con mi renuncia al vía crucis por preñarme, aún a sabiendas de que rompemos las leyes católicas que prohíben ciertos métodos de fertilidad. Cinco inseminaciones y tres in Vitro, sexo programado y más aburrido imposible, catorce kilos de engorda, bigotes nuevos e interminable llanto frente a un sangriento escusado anunciando el fracaso de un nuevo tratamiento, me tienen exhausta y con ganas de divorcio después de cinco años de reafirmar mi equívoca elección de pareja.

Pero Luis insiste en presagiar que la armonía aparecerá entre nosotros apenas se fecunde al anhelado embrión. Todas nuestras diferencias las reduce a mi defectuoso aparato reproductor. Es un buen hombre, sin embargo, sus nulas pasiones, poco carácter y un constante estado de trance hipnótico, son motivos suficientes para mis ganas de huída más no para justificarme ante mi obsoleto padre y la inquisidora sociedad. Me encantaría poder decir que es un pinta cuernos, que me ha zapeado un par de veces o que no me toca por ser puto. Quieren oír podredumbre y lo único que tengo para darles es mi más pura infelicidad que parece no ser suficiente.

Llevamos semanas de sesiones estériles; igualitas que yo. Antier fui a una comida cerca de la casa de la doctora y quise pasar a recoger mi libro que dejé olvidado la sesión del día anterior. Entré tranquila de saber que no habría terapia y me senté en la sala a esperar que la muchacha buscara mi novela. De pronto escuché lejanos unos ruidos que me crisparon la piel. Pese a mi extrañeza sentí como mis piernas tomaron vida propia y subieron las escaleras. Caminé por un pasillo corto y giré la chapa de la puerta al fondo. Y allí frente a mí, apareció sudorosa y desnuda, mi libertad. La doctora Consuelo daba sendos brincos placenteros mientras aullaba como mandril en brama montada sobre mi marido en su predecible rol de bulto. Mezcla de alegría y estupefacción me brotaron carcajadas histéricas. Apanicados, se separaron ipso facto y me miraron con terror. Noté el estriado vientre de la doctora, su inmutado crepé y el encojido miembro de Luis. – ¡No lo puedo creer, me cae que gracias!— grité entre risas con franca gratitud mientras sacaba la Blackberry de mi bolsa. –¡Hijos de la chingada, qué suerte apañarlos así!— dije antes de salir al tiempo que les tomé una foto semidesnudos y mudos.  Había encontrado la carroña para los buitres…

 

* escusa en la RAE

Sofía y yo

Written By: admin - May• 11•11

Aspe, Sofía

 

Sofía y yo

A la otra, a Sofía, es a quien la gente cree conocer. Yo camino por el Sope y me detengo a admirar, y a pisar la mancha morada de las Jacarandas en flor, a llorar con la novena sinfonía de Mahler y a agradecer a mi propia versión de Dios por la sonrisa de mis hijos; de Sofía tengo noticias por alguna foto en el periódico, por la falsa percepción o prejuicio de alguno o por mis ganas de lo efímero e intrascendente.

Me gusta la ópera, leer, reírme, poner una pequeñísima ayuda a través del Fondo para Niños, viajar, descubrir y estar con la gente que quiero, que admiro y con la que me siento en paz de ser quien soy; la otra comparte estas preferencias pero de modo más mundano, vanidoso y a veces desde el ego. Sería exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; va mejorando cada vez más con el tiempo, yo vivo, yo siento y Sofía a veces se disfraza y se enmascara para jugar el juego que le tocó (y que quiere) jugar y de paso divertirse y sobrevivir en él. Además Sofía me cuida, es quien desconfía, quién sabe decir no, quien tiene pies de plomo, yo en cambio quiero creer que la especie humana es buena, que todo mundo tiene algo rescatable, que me buscan por las intenciones correctas. Yo sueño proyectos y Sofía los aterriza, convoca, organiza, trabaja, aterriza las cosas.

Nada me cuesta confesar que no he logrado nada extraordinario, salvo acaso ser cada vez más verdad conmigo y haberme dejado de traicionar. Por lo demás, yo estoy destinada a vivir mi vida, como yo la siento y la percibo y no con prejuicios heredados ni opiniones ajenas que no me funcionan para ser feliz.

Poco a poco voy aceptando amorosamente sin renegar de alguna de mis dos facetas y descubriendo que más que ser opuestas, son complementarias. Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra, y el tigre un tigre. Yo he de quedar agradecida con la vida, en Sofía, y en mí. Poco a poco voy quitándole poder a esa Sofía superficial y siendo más yo. Hace años traté de matar a mi yo y pasé a una Sofía encarcelada por sus propias dependencias y con la ilusa pretensión de darle gusto a los demás, hoy esa Sofía se ha liberado y cada vez es más yo. Así mi vida es una búsqueda por la coherencia interna, por la riqueza de una vida propia, por romper mis propios esquemas impuestos. Si sé cual de las dos escribe esta página.

 

twitter: @sofiaaspe