aifos

Colectivo de escritores en busca de conocimiento y letras. 2011

La Menopausia

Written By: admin - Jun• 07•11

De Pinomontano, Manuel

 

Mi marido estaba en plena menopausia masculina, creo que los doctores la llaman andropausia, o no sé si es solo una palabra inventada por la gente. En cualquier caso, el climaterio de los hombres es fácil de detectar, no tiene uno más que leerse un manual de puericultura donde venga con todo detalle el comportamiento infantil. Berrinches inesperados sin motivo aparente,  megalomanía y mezcla de fantasía con realidad.

A nosotras, por la cultura patriarcal en que vivimos y el consumismo al que los gobiernos nos someten, la menopausia nos hace sentirnos con la moral baja, sin autoestima, histéricas y llenas de calores, al fin y al cabo se nos trata como un producto de consumo que siempre debe estar nuevo y pulcro, como una Barbie. A ellos, en cambio, no se les exige más que éxito y cuando andropausia les llega, lo lógico es que por su edad lo hayan conseguido aunque sea un poco, y eso les hace sentirse en una segunda adolescencia, se creen irresistibles ante chicas que pueden ser sus hijas. Y como si los espejos no existiesen les declaran su amor sin ton ni son, creyendo que las cautivan con atractivo, inteligencia y sabe Dios que talentos imaginarios.

A Juan, el climaterio, le había dado de lleno en su ego, pero como es normal en estos casos se lo acrecentó. Parecía que se imaginase tan atractivo como Richard Geere y tan inteligente como un premio Nobel. Caminaba como un pavo, pero no real, sino de los de granja, algo así como si como si le hubiesen metido un palo por el culo.

En sus alucinaciones, se había enamorado de una chica de 22 años que conoció en la empresa donde trabajaba, un bombón, ya saben, y por supuesto mi marido pensaba que ella se sentía irresistiblemente atraída hacia él, por sus genuinos encantos, por su inteligencia y su don de seducción. Como si todas las mujeres tuviésemos el complejo de Electra. A partir de entonces, sus frases para conmigo se reducían a un Juana estás más gorda, vienen clientes y salgo a cenar hasta las tres de la mañana, hoy hago horas extras y duermo en la oficina, y así hasta que un día va y me dice que no es feliz, yo le pregunto si tiene a otra y la respuesta es negativa.

Lo siguiente es que se va de casa, y vete tú a saber que rollo le cuenta a la chica joven -que era la limpiadora de la oficina-, sobre lo importante que es él en la empresa, que la tipa, por supuesto, cree que va a ser ascendida de fregar suelos a secretaria, y aunque sabe que está casado transige por seguirle el rollo.

Pero no, mi Juan no es tan poderoso y aunque se las de grande, la verdad siempre aflora y la cruel realidad es que además está barrigudo, tiene pelos que le salen de las orejas y  lo hacen parecer un enano de Blancanieves, cejas que han comenzado a crecer a lo loco, sin piedad, como poseídas por una diabólica mutación genética, una nariz que la edad se la dejó como una calabaza y además, para colmo, halitosis. A los seis meses y viendo que no hay nada que hacer la chica lo deja. Le está bien empleado.

Yo sigo deprimida, porque a pesar del mal aliento le quiero tal y como es, estoy tomando Prozac, llorando y con los rulos puestos a todas horas a ver si cambiando de peinado algún milagro ocurre. Y así fue, Juan un buen día vuelve a casa, el no sabe estar solo, es un adicto a las relaciones. Me dice que me quiere, que lo perdone, que estuvo confundido, pero que se ha dado cuenta que me ama, y que quiere a los niños. Yo lo acojo, lo perdono, me vuelvo a acostar con él y lo amo como nunca, enterito, con  las cejas, la nariz y el mal aliento. Mi gozo no dura mucho, el que lo hace una vez lo hace dos y tres. Y así tres semanas más tarde me cuenta que por negocios se va a Cuba, no supe más de él hasta que vuelve con una mulata de 18 años, de esas pobres que por un bolso de Luis Vuiton, unas gafas de Chanel y un reloj Cartier le debe hacer unos guagüis de lujo. Juan, entonces, decide que me va a pasar una pensión de mierda -a pesar de lo que quiere a sus hijos-, porque está claro que necesita más dinero que nunca o no hay más guagüis, la calle Serrano es bién cara y en tiendas de marca ni te cuento.

Me sigo deprimiendo más y más, está visto que los rulos no hacen milagros, los tiro por la ventana en un ataque de furia, y sigo con el Prozac, llorando y encabronada. Me voy a una abogada feminista que dice que le va a sacar a Juan hasta la mugre de las uñas. Porque aunque mis hijos son ya mayores y la mediana se va a casar, todavía hay muchos gastos en esta casa.

El tiempo pasa, me voy a una terapia que no sirve de nada, hablo con el cura del barrio y hago caridades para distraerme, pero no, cada día estoy mas neurótica, la espinita no se me sale del alma. Quiero venganza, necesito desquitarme, lo odio, lo odio y lo quiero, aunque he aprendido a vivir sin él –que duda cabe que somos el sexo fuerte- echo de menos a alguien de noche, a veces quiero que sea él, pero otras que sea otro cualquiera, que tenga  mejor cama.

Un día una amiga, Carla, me lleva a una nueva peluquería, toda de diseño, decoración exquisita, “chic a la mode”,  te ofrecenchampagne mientras esperas, hay dulces en bellos centros de cristal veneciano y perfume minimalista en el ambiente. Mientras bebo, leo una revista donde encuentro un anuncio de liftings…, ¿y si me lo hago?. No, me da miedo el quirófano, además no creo en lo artificial. Que dilema, aunque no creo en ser como una muñeca de plástico, está visto que me hace falta encontrar  mi lookparticular. Carla se está haciendo un facial en la otra esquina, se la nota relajada y feliz. Cuando acaba, viene a donde estoy y me presenta al dueño, un Italiano, Ernesto.

Ernesto es gay, pero no lo parece, no es una maricona loca de esas que una ve por la calle, va vestido muy varonil pero moderno, es alto, fuerte, con el cabello sal y pimienta,  tiene unos 47 años, como mi Juan, pero él si que esta mejor que Richard Geere, que pena, que desperdicio. Y una tan sola, tan necesitada…

Ernesto me sienta frente a un espejo después de lavarme la cabeza, hace que me mire a mí misma, no estoy tan mal, un poco rellenita quizá, pero soy resultona. Me toca el cabello y me frota la cabeza con unas lociones que me hacen tener un orgasmo en la silla giratoria, me echa unos líquidos, unos tintes, me corta las puntas, me habla de unas inyecciones de colágeno para mis patas de gallo que me dejarían fenomenal. Me dice que estoy fantástica, divina, y así me siento cuando dejo el salón. Soy otra.

Dicen que el mejor amigo del hombre es el perro, pero el de la mujer, lo aseguro, su peluquero.

Un mes más tarde, y alentada por él, estoy tomando clases de aeróbic, voy a yoga tres veces por semana para olvidarme del Prozac, y lo consigo. Ernesto ya me ha puesto las inyecciones de colágeno y me ha hecho un peeling: ya no hay más patas de gallo.

La abogada  me gana el pleito de la manutención. Estoy feliz, por fin lo jodo de alguna manera y con los atrasos que me paga el cabrón de Juan renuevo mi vestuario, ya estoy harta de vestirme de señora decente. Guardo las perlitas de mamá en el cajón y me pongo moderna, sexy, enseño mis piernas, que todavía están de buen ver y los hombros, que están bronceados del solarium de la peluquería.

He adelgazado seis kilos, y ya no me da miedo el quirófano, como decía mi abuela, “a grandes males, grandes remedios”, me hago por fin un ligero lifting en la cara y me opero los senos. A los seis meses parezco otra, los hombres me vuelven a mirar por la calle y en el gimnasio un par de ellos me hacen un día si y otro no contactos visuales que me erotizan hasta el punto de hacerme sentir viva, más viva que nunca. Tomo masajes de aromaterapia porque necesito que me toquen aunque sea sin sexo -pero que me soben a base de bien-, y así poco a poco me voy despertando a la vida. Mis amigas me dicen con envidia que ya no tengo edad para ir así por el mundo, y esa es la prueba de fuego, debo estar poniéndome muy buena. Cada 15 dias voy a ver a Ernesto, el sigue diciendo que estoy espectacular.

Aun así, he quedado muy harta de hombres, no me importaría echar algún polvo con Harrison Ford, pero vivo feliz sola.

Ernesto me ha invitado varias veces a  fiestas gay, yo voy a todas, me lo paso bomba, salimos bastante a menudo, es muy divertido, bailo con todos ellos la salsa, rumba, lo que sea, me siento erótica en medio de tanto hombre guapo, pero no amenazada, ninguno me quiere follar y todos me encuentran estupenda, soy el ídolo de todos ellos, la Marlene Dietrich de la fiesta, bebo lo que quiero, me emborracho, y aunque nunca lo había hecho antes no me siento una perdida,  me siento a salvo.

El miércoles mi hija va y me dice que se casa en seis meses, qué barbaridad, ya me siento vieja. Su padre le paga la boda, menos mal. Por no perder a sus hijos les larga dinero cada vez que ellos le piden y él puede, ya cree por extensión que amor y dinero van unidos. La cubana debe estar haciéndole unos gastos de muerte.

Perfecto cariño, le digo a Merceditas, nos vamos a Serrano a elegir traje de bodas, tarjetones, la lista de bodas es mejor en el Corte Inglés para que pueda descambiar los regalos y pagarse el viaje de novios, el catering que lo haga Juliá, ¿o lo vas a celebrar en el Ritz?, me embalo con los preparativos, hasta que de repente caigo en la cuenta que Juan estará allí con la cubana. Me aterro, no quiero verlo para nada. No lo he visto desde entonces, desde que se fue de viaje.

Los meses pasan, yo sigo en el aeróbic, el yoga, el colágeno y la cultura gay.

Un día se me ocurre algo maquiavélico, cojo el teléfono y le hablo a Ernesto, quedamos para un café en la peluquería. Le cuento mis miedos, mis angustias, mis inseguridades. Ernesto me apoya, inventamos, maquinamos. Dios que desperdicio de hombre, ¿porque no será hetero?. Mejor así, si no, no habría amistad. Los hombres solo piensan con la entrepierna y Ernesto también porque al fin y al cabo es hombre, aunque estoy feliz de que en ese sentido no me haga blanco de su instinto.

El día de la boda de mi hija, Juan llega con la tipa, una guarra, como va vestida…, yo voy del brazo de mi Italiano, nadie sabe…, todos creen que hacemos una pareja ideal. Ernesto es un caballero y yo ya estoy tan transformada que Juan ni me reconoce a primera vista. Mis tetas están en su punto, mis piernas también, mi cuerpo más prieto por el aeróbic, mi mente mas sana con el yoga, las patas de gallo se fueron con el colágeno y el lifting, y mi autoestima alta gracias a Ernesto.

El hijoputa de Juan se acerca, me mira de arriba abajo y me presenta a la putona, mira esta es Juana, mi ex, le dice, y mirándome me dice el nombre de ella, Tamara Elisabeth, mi compañera sentimental. No sabía que las pelanduscas se llamasen así ahora, pienso para mí, que tendrán que ver los sentimientos con Luis VuitonChanelCartier. Yo no le presento a Ernesto, no le voy a dar el gusto, sonrío abiertamente, les respondo un “encatada” y me doy media vuelta.

Juan no me quita ojo, a los postres viene a saludar a alguien de una mesa cercana, pero es solo un pretexto para verme otra vez de cerca. A los bailes salgo la primera con Ernesto, bailamos el vals tras Merceditas y su flamante marido. La cubana no sabe baile tan sofisticado, aunque lo intentan parece un pasodoble con el meneo que da de culo la muy perra.

Sigo sonriendo a todos, bebiendo champagne y presentando a Ernesto a la familia de Juan, que me miran como si fuese yo la mala, la zorra, la puta, la perra. Me alegro, no quiero lástimas del enemigo. Me dicen las cuñadas que estoy muy cambiada, que parezco otra, y con malicia me miran a las inexistentes patas de gallo, yo les contesto que sigo siendo la misma, Juana Godoy, pero que el amor verdadero transforma y rejuvenece. Suelto una carcajada al aire y me marcho a bailar, esta vez  la lambada. Juan también sale con la pilingui, ella será cubana y la bailará bién, a lo tropical, pero yo he tenido mejores profesores en la discoteca Adonis y no me quedo atrás. Ernesto sabe ser muy sensual, bailamos sin tapujos.

Al dar vueltas y vueltas puedo ver la cara de Juan, está ridículo, el  mechoncito que usa para taparse la calva se le revoleó a pesar de los kilos de gomina que se puso y la cubana se está fijando más en su sobrino que en él, no me extraña, el dinero no puede tapar su físico. Nos mira con disimulada ira, estoy segura que lo he puesto a cien . Al finalizar nuestro improvisado show se acerca a Ernesto que está pidiendo en la barra más champagne para mi, parece que se le intenta presentar, no sé, algo le dice, Ernesto le devuelve una sonrisa, no le da la mano porque trae ambas ocupadas con las copas, se gira y viene hacia mí. Juan está patético al lado de Ernesto, y en la esquina, para colmo, la Tamara Elisabeth, comienza a bailar la rumba con su sobrino.

Me voy a arreglarle el traje a mi hija, como buena madre, y pierdo de vista todo por unos minutos. Cuando vuelvo al banquete, Ernesto está sentado, esperándome y sonriendo. Juana cariño, tengo algo que contarte, no lo vas a creer. Dime hombre, dime, desembucha. Fui al baño orinar, y cuando estaba de pié frente al urinal, alguien se acercó por detrás con un aliento a Whisky de órdago, me miró fijamente el rabo, que debo decirte tengo bastante prominente, alargó la mano y me lo manoseó con descaro. Me volví irritado a ver de quién se trataba y ¿Adivina quién era?. No Ernesto, no te puedo creer, dije escandalizada. Si Juana, créetelo, te lo juro, debe ser cosa de la Andropausia.

 

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2 Comments

  1. luciana says:

    Excelente articulo!

  2. Interesante blog . Aprendo algo con cada web todos los días. Siempre es estimulante poder disfrutar el contenido de otros bloggers. Osaría usar algo de tu articulo en mi blog, naturalmente dejare un enlace , si me lo permites. Gracias por compartir.

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