aifos

Colectivo de escritores en busca de conocimiento y letras. 2011

Un afinado gemido

Written By: admin - May• 11•11

Bernal, Magdalena

 

Un afinado gemido.

 

Como mi amiga Sofía, yo también soy aficionada a la ópera; a la adrenalina e intensidad que ella me genera, a la piel de gallina, a las risas y a las lágrimas. Como aplaudirle a un toro arrastrado por dos mulas después de una gran faena, así se siente la ópera. Es drama, es tragedia, es pasión, es historia, es dolor, es amor: es la vida misma.

El teatro está a reventar; europeos, rusos, japoneses y algunos americanos. Mientras sorbo mi copa de Perrier-Jouët, leo su nombre varias veces en el dorado marco sobre la pared. Tenor: Emil Kummer. Tengo todas sus óperas pero es la primera vez que lo veo en vivo. Para los críticos operísticos, este atractivo milagro alemán es un raro fenómeno que llena las casas de ópera europeas de un público más joven y femenino de lo acostumbrado.

Se abren majestuosas las cortinas de terciopelo rojo. Aparece una contemporánea escenografía de La Traviata de Verdi: un gran reloj, tres altísimas paredes y piso, blancos todos, contrastan con un negro cielo. Cantando en su agudísimo bello timbre aparece la famosa soprano eslava Natasha Vólkov enfundada en un sensual vestido rojo, en el papel de una radiante Violetta.

De pronto se hunden mis entrañas con sólo verlo salir a escena: Emil Kummer, protagonizando a Alfredo Germont canta cómodo mientras sonríe, el aria estrella de la noche, “Libiamo ne´lieti calici”. Se balancea de un lado al otro, toma por la cintura a la Vólkov mientras brinda con el público al ritmo de la pegajosa letra. Cerca de terminar el aria, de pronto me voltea a ver: sí, a mí. No de reojo; mira fijo mientras canta. Giro con risa nerviosa a los lados a ver si alguien nota el hecho: el público me observa intrigado. Me ruborizo y hago rápida remembranza a la cantidad de copas ingeridas; sólo dos, ni para arrancar motores. Parpadeo para desenmascarar mi alucine: me sigue viendo, todo el teatro nos está viendo. Ya no hace caso a una celosa Vólkov y me canta con ese color de voz que resulta una caricia al oído. Dios, una cosa es mi relativo éxito con los hombres y otra que Emil Kummer, a media Traviata, me seduzca abiertamente entre el público. Me llama con el brazo mientras canta  “Nessun Dorma” de Turandot. Esto es irreal; dejó atrás a Verdi y ahora canta arias de otras óperas y compositores. Me invita a subir al escenario con la mano y la mirada mientras una cruzada de brazos Vólkov hace puchero de niña pequeña. Emil continúa su curioso popurrí con mi favorita “Furtiva Lagrima” del Elíxir de Amor. Levanta juguetón las cejas al tiempo que me lanza su popular desafiante sonrisa: no puedo hacerme más de rogar o de extrañeza y me levanto obediente en una robótica hipnosis.

Recorro el pasillo y subo taquicárdica los escalones: estoy en el escenario de La Traviata. Kummer me toma de la mano. La música toca una hermosa overtura de Rossini. Empieza a moverse presurosa la escenografía; anochece con un cielo estrellado y emerge una fastuosa luna, aparece un árbol de castaño en el centro del escenario y arriba a la derecha, un balcón de herrería: estamos en el Barbero de Sevilla.

Abrazo nerviosa a Kummer quien pasó en segundos de un moderno trajeado Alfredo de La Traviata, a traje Corto español en el papel del Conde Almaviva. Me pasmo al notar que mi ajustado strapless de encaje negro se convirtió en el corto vestido ampón de Rosina la protagonista y sus obsoletos zapatos. Bendigo al cielo por que nadie pretende que cante: hubiera sido una eficiente manera de vaciar el teatro y de congelar a Kummer, mientras a lo lejos, una fúrica Vólkov sigue cantando precisa mis respectivas partes de Rosina.

Súbitamente todo es silencio; apenas se escuchan unos lejanos pizzicatos y a un nostálgico bajo profundo que entona una mítica aria de La Flauta Mágica. Emil abre mi desconcertada boca con su cálida lengua mientras me sujeta firme. Empiezo a soltar el cuerpo frente a lo inusitado del evento y la novedad de las manos y el sabor del tenor. Estoy atrapada en un vaivén de imperturbable deseo y conciencia de la mirada ajena. Me carga de la cintura al tiempo que se me sube el vestido y lo rodeo firme con mis piernas en una divertida culpable excitación de que Salzburgo entero me esté viendo las nalgas.

El empático conductor empieza a dirigir “La Cabalgata de las Valquirias”. Me deja de importar la gente, su cuchicheo y la viboreada asesina cuando regrese a México. Nos besamos los labios, la lengua, las orejas, el cuello. Con sus largas manos estruja circularmente mis erectos senos mientras me sujeto de su gruesa melena ondulada. Me recuesta de espaldas debajo del árbol donde otrora el Conde Almaviva le canta deseoso a su virginal Rosina en el balcón. Se quita el bolero rojo y la camisa amarilla: su tórax aparece atrevido frente a mi hervor. Retumban mis latidos y vientre al escalofriante ritmo de la cabalgata de guerreras semidiosas wagneriana. Se quita el pantalón, yo me deshago complaciente del anticuado vestido de Rosina. No traigo brassière, levanto ligera mis caderas y me saco la pequeña lencería mientras miro absorta la vigorosa erguida arquitectura del tenor apuntando hacia mí. Me toca con pericia y empieza a besar mi anhelante sexo. Arqueada en éxtasis noto a medias tintas a la gente, arriba en los palcos, que nos observan con morbosa atención; algunos incluso con catalejos para afinar detalles, unos cuantos se masturban discretos y otros más salen del recinto del brazo de sus indignadas señoras.

El director hace epilépticos aspavientos mientras la intensidad de Wagner está en pleno: pareciera que nuestro clímax y el de La Valquiria se pusieron de acuerdo. La temperatura y el volumen del teatro arde; varios aficionados aplauden y chiflan. Cierro los ojos para desaparecer a los voyeristas. Emil se sube a besarme nuevamente en la boca, pruebo la combinación de nuestros sabores y abro mis alas a la experiencia: me rindo a una penetrante batalla al decidido ritmo del alemán.

Me hace el amor fuerte, casi violento, mientras me aferro gozosa al tronco de fibra de vidrio para eventualmente sentir mi propio espasmo y escuchar su brutal, profundo y afinado gemido: un hermoso canto al desfogue. Qué bonito se escucha un tenor cuando se viene, pensé anonadada.

Salgo del teatro para encontrarme con un hermoso cielo austriaco azul sin nubes. Despeinada y riéndome sola, camino con los zapatos y vestido de Rosina por las calles de Salzburgo. Una sola idea se repite constante y alegre en mi mente: la vida es la mejor puesta en escena.

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