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Colectivo de escritores en busca de conocimiento y letras. 2011

Tamales

Written By: admin - May• 31•11

Ansaldo, Victoria

 

Tamales

El mundo de los vivos y los muertos está más cerca de lo que todos imaginamos. Aunque muchas veces sea la misma imaginación la que nos juegue una mala pasada. Por las dudas, yo prefiero seguir los consejos del Padre Cordeiro, que era el capellán de mi escuela. Toda mi vida fui educada por las monjas, y la verdad es que no lo resiento. Nuestro día transcurría tranquilo, por los fríos pasillos, los techos altos y las ventanas de grueso hierro del colegio. Conocía todos los rincones de ese majestuoso edificio, que a la mayoría nos parecía un castillo interminable. Siempre fui buenaza, cumplidora y sonriente, y las monjas me querían. Fue por ello que me llevaban por todos lados, inclusive podía entrar en “la clausura”, un lugar vedado a la mayoría de los mortales.

Catorce años pasaron desde el primer día que crucé el portón de hierro trabajado de mi escuela. Allí conocí los secretos de la fe, allí comprendí que el más allá estaba mucho más acá de lo que creemos. Y es por esto que cuando escuché las palabras de Alejandra me estremecí. Lo paradójico es que allí estábamos todas. Todas son mis amigas, y mis amigas no son como yo, bueno, casi.

Como la mayoría de los sábados nos juntamos a tomar el té. Los niños se acercan a la mesa para pescar un pan dulce, un vaso de leche o un pedacito de budín casero, mientras nosotras nos sumergimos en las conversaciones más divertidas y menos interesantes, para el resto, obviamente. Divagábamos sobre tareas escolares, lo que se usaría este invierno, la relación de alguna con su madre o una receta nueva, quien sabe y la verdad, no importa. Sin aviso Ale interrumpe la verborragia colectiva con un profundo “No saben que”. El silencio partió en dos al grupo y nos miramos extrañadas. Es que Ale no habla mucho, casi nada, eso sí, sus sentencias son palabra sagrada. Resulta que su amiga, otra mejor amiga, que no lo es tanto porque sino sería parte de este té, tienen un hijo, Rodrigo. Rodrigo es un niño muy alegre, un poco introvertido para su edad pero en confianza conversador y amigable. Tienen un amigo, un amigo imaginario, con el que juega constantemente y del que ya todas sabíamos. A la mayoría nos da un poco de miedo el tema, o impresión, o una sensación rara, de incomodidad, y cada vez que conversamos sobre ello agradecemos que los 15 hijos que juntamos prefieran jugar con personas de carne y hueso. Pero bueno… cualquier libro dice que tener un amigo imaginario es normal y hasta saludable para muchos niños. De nuevo, gracias a Dios, por mi casa no se aparecen.

Una tarde, hacía una semanas, llovía mucho. La mamá de Rodrigo estaba bastante frustrada porque ya no sabía cómo entretener al pequeño y decide mostrarle fotos viejas, álbumes de su infancia y adolescencia, retratos de un pasado no tan lejano y bastante feliz. Después de un rato largo de contar historias de antaño, ella se levanta a la cocina. Se huele desde la sala el olorcito a chocolate que sale del horno. El pastel está listo. Toma un guante, abre el horno lentamente para que esta delicia no pierda altura ni suavidad, y en ese preciso instante, justo cuando estaba concentrada en la tarea como un cirujano siente un grito: “¡Mamá!”. No fue un solo grito fueron muchos: “¡Mamá, mamá, mamá, mamá!”. Deja el pastel en el horno, deja el horno abierto, deja el horno prendido y corre. Cuando llega a la sala ve a su niño con una sonrisa de satisfacción y alegría. “Mamá, no sabes que, aquí está Alejandro. Aquí, aquí, aquí”. Ella se quedó muda, no pudo ni esbozar una sonrisa, sabía perfectamente quien era Alejandro, el amigo invisible de su hijo. Los cuatro pasos que la separaban del álbum los recorrió en una vida, su cabeza giraba como una perinola endemoniada. Se asoma y junto al pequeño dedo de Rodrigo ve una cara familiar. Martín Alejandro Hernández, su novio de la adolescencia, al que perdió en un accidente de autos, hacía muchos años.

Cómo les explico lo que sentimos todas en ese momento. Hasta las más incrédulas, la mayoría, quedaron postradas, con la mirada fija y la piel enchinada. Un muy sabio: “Es creer o reventar” cortó el silencio y ya nadie más habló. De a poco nos levantamos, unas fueron al baño, otras a ver a sus hijos, checamos los celulares… todo seguía igual.

Mi niña es muy expresiva, es sensible y sus ojos la ayudan. Son dos canicas turquesas que me sorprenden cada mañana cuando voy a despertarla. Aún adormilados son intimidantes. Es diminuta, delgada y su pelo es todavía de bebé, finito y enrulado. Mi niña es muy dormilona, le gusta quedarse en su cuna y levantar los piecitos al aire, enroscarse en sus muñecos y cantarse nanas bajito, bajito. Una noche, al apagar la luz del velador de su habitación, se para pronta en la cuna y tomada fuertemente de los barrotes de madera blanca me dice: “Mamá, tengo miedo, hay un hombre en mi cuarto”. Se me heló la sangre, se cortó mi respiración y sentí que mis piernas desaparecían. Rodrigo, Alejandro, Alejandro, Rodrigo, el pastel de chocolate, el té, mis amigas… Mi cabeza parecía una pantalla en donde se proyectaban incontables imágenes, y sentí miedo. Me acerqué despacio, me hinqué y con una enorme y falsa sonrisa le pregunté que ocurría. Con sus pequeñas palabras y sus ojos atemorizados respondió lo mismo, “Hay un hombre en mi cuarto”. Lo dijo con enojo, hasta con un poco de sorna, ¿es que su madre no la había escuchado? “¿Qué hace? ¿Lo ves? ¿Te asusta? ¿Es tu amigo? No le pregunté nada, solo la miré y seguí sonriendo, como esperando que me dijera: “Ahhhh, era un chiste”. Pero no, ella también calló y me miró, fijo, quería una respuesta. Junté coraje y decidí no mostrar ninguna señal de alarma, sólo le pregunté “¿Qué hace?”. “Me habla Mamá, me habla todas las noches Mamá”. En un segundo pensé tantas cosas, en el padre Cordeiro, que era exorcista, de lo que nos enteramos cuando ya había muerto, en mi marido incrédulo, en las historias sobre la casa en la que vivo, el robo, el asesinato, en la Virgen de Guadalupe, hasta en mi perrita Café, quien yo creía que un día nos iba a hablar. “¿Y que te dice mi vida?” Ella tomó fuerzas, levantó sus pequeñas manitas al aire y moviéndolas con enojo e impotencia me respondió: “Que si quiero tamales oaxaqueños, y yo no quiero tamales oaxaqueños”.

 

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