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Colectivo de escritores en busca de conocimiento y letras. 2011

Guillermo y yo

Written By: admin - May• 17•11

Urquiza, Ignacio

 

Guillermo y yo

En la vereda que va a la casa de Don Antonio allá en Tepoztlán, me topé con un hombre en overol de mezclilla, paliacate y sombrero  de paja.  Estaba sentado encima una gran piedra que divide dos caminos, el de Don Antonio y el de la huerta de ciruelos de Amalia Ferretti.

– Buenos días. Me dijo con una voz tranquila, pausada , profunda.

– Buenos dias contesté y lo voltee a ver.

– Para la casa de Don Antonio es para allá?

– Sí es el camino mas corto. Si va para allá dígale a Toño que lo saluda Guillermo.

– Si yo le digo.  Bueno hasta luego  y gracias.

A los pocos metros sentí que debia regresar a platicar con ese hombre cuya paz habia yo detectado. Me di media vuelta y me acerqué con la intuición de que ese encuentro podia ser importante para el proceso en que estaba yo trabajando en esos dias.

-Ah perdone! Cómo llego a la huerta de ciruelas?  Le pregunté, dando un vistazo a su blanca piel enrojecida por el sol  y los ojos azules como de la gente de Michoacan o de Jalisco.

– Ah mire, es por este camino a menos de medio kilómetro esta la huerta de Amalia.

Me llamó la atención su voz tranquila y me acorde que Don Antono me habia halado de su amigo Guillermo. Y me atreví a preguntarle.

– Me estoy acordando que Don Antonio me habo de usted alguna vez, que le habia enseñado a meditar.  Si es usted? Usted medita o algo así?

-Sí , yo le enseñe a Toño. Es muy sencillo.

– Me gustaría tener esa paz, así como veo que a tiene usted. Como se hace?

-Ah pues es una técnica muy simple que ha hecho a grandes hombres estar en su centro y experimentar una gran paz aún en las circunstancias más adversas. Mira siéntate acá en esta piedra.  Budha, Mahoma, Jesús, Ghandi , Ignacio de Loyola, Frankl. Todos han sido meditadores .    El único requisito para hacer este ejercicio es mantener la espalda  bien derecha.  A ver.  Cierra los ojos;  intenta que tu expresión sea de una ligera sonrisa.  Ahora imagina que el aire que vas a respirar es blanco, como un vaporcito y vamos a ponerle hoy el nombre de Paz. Vamos juntos a respirar Paz hasta que nos llenemos de ella.  Es un prodigio de la imaginación.    Ahora con la temperatura del aire: si te mojas los labios y respiras con atención vas a poder constatar que la temperatura del aire que entra está mas fresca que la que ya esta dentro.   Suponemos que el aire que esta dentro esta contaminado.  Listo?  Ahora vamos metiendo aire nuevo y con la imaginación hacemos que  vaya ocupando el espacio del otro aire que estaba antes, pasando por el tronco, vientre ,  espalda, órganos, muslos,  hombros, cabeza, oidos, hasta que te llenes todo hasta los pies y  las manos de pura paz.

En unos 15 minutos estabamos constatando y comprobando que no habia un centímetro de mi cuerpo  que no estuviera renovado. Experimentaba una paz nunca antes sentida, acompañada de gran ternura. Todo estaba perfecto, éramos una misma cosa ,una sola unidad; mi maestro , el aire , los sonidos  de los pájaros y yo.

Me despedí emocionado y muy agradecido. Seguí citándome con él aprendiendo a recorrer mi cuerpo y aprendí a sanarme y a curar heridas que no hay otra forma de curarlas, ya que están ubicadas en el cuerpo pero son orginadas por el espíritu en su parte insana o en sus momentos o etapas oscuras. Ahí se quedan y, si no se sacan y se convierten en enfremedad , en violencia o en demencia.

Seguí yendo a Tepoztlán a mis entrevistas y a las enseñanzas de mi maestro Guillermo.  Su estructura jesuítica le permitía enseñar con facilidad y mi necesidad de curación agradecía todas sus palabras.  Le conté muchas cosas y me ayudaba a sacar piedras o trozos de materia de formas diversas que estaban clavadas instaladas en partes de mi cuerpo.

Días después me senté frente al estanque con nenúnfares y lirios  de la casa de Don Antonio. El agua tenía transparencia que me dejaba ver con claridad diáfana las algas  y musgo que cubrian las piedras del fondo.  Metí mis pies descalzos y empecé a mover el agua y a deslizarla desde el dedos hasta el talón lo que me daba una sensación de frescura .  Nunca ví agua mas clara .

Decidí usar el método de Guillermo para limpiar algunas cargas que no me dejaban tranquilo.  Sabía que algun día tendría que sacarlas y ese era el momento.  Me habían prestado la casa a mi sólo; no esperaba a nadie ; eran las 10 de la mañana.  Depaché al servicio y me senté al centro del jardin unos metros frente al estanque  y empecé a respirar tal y como me había enseñado Guillermo; espalda recta, ojos cerrados, expresión a gusto, aire blanco como vapor, intercambio de temperaturas. Al cabo de un rato detecté una  forma como de la cabeza de una gacela con todo y cuernos de perfil instalada entre mi espalda y el cuello , los cuernos entraban hasta el centro de mi cerebro.  La densidad y color  de la pieza era el de la madera de cedro rojo. Definitivamente no debía estar ahí.

Visualicé la parte más pura de mí, la más diafana y sana como esa agua perfecta del estanque. Era como mi escencia.  Le pedí a Guillermo, aunque no estaba ahí conmigo, que me ayudara a desprender esa parte de mi, a desdoblarme . Era mi intuición la que me llevaba; ese ejercicio nunca antes lo habiamos hecho.   Ahí estaba yo, ahí arriba, a unos tres metros del piso, podia volar y moverme alrededor de mí mismo , porque  yo también estaba ahí sentado en el cesped respirando y trabajando a gusto, sin miedo.   Abajo en el cesped se habia quedado mi cuerpo con esa figura incrustada , densa y de seguro, no buena. Hice lo que Guillermo me iba pidiendo: suaviza el material primero, hazlo como de goma como flexible, después llévalo aun estado viscoso y más y más líquido para que pueda salir como por derretimiento a través de tu piel hacia el pasto y hacia la tierra que hay debajo .

Verifiqué que no quedara nada, en ninguna parte de mi cuerpo , me dijo Guillermo que ahora tocaba llenar todo ese espacio que quedó  vació de nuevo aire; que  habría que restituir las células que se perdieron por celulas nuevas, puras , bendecidas por él.   Me dejé llenar de eso unos 20 minutos.   Después llamé a mi otro yo para que se bajara a reunir conmigo ; él sabía dónde y cómo acomodarse.    Intuí que me debía cambiar de lugar y  me acerqué hacia el agua unos dos metros hacia la derecha y dos hacia el frente , casi donde ya podía sentir la humedad y la cercanía del estanque de nenúnfares.   Ahí sentí perfectamente como se fundían mi dos yos ;  con mucha paz y sin miedo a esa dimensión.  ( Recuerdo que en las primeras experiencias con mi maestro, sí me erizaba el cuerpo por estar tratando con algo desconocido.)

Después de un rato, abrí los ojos, me acerque más al estanque y metí mis pies de nuevo en aquella agua de la cual ya era yo parte.  Eramos una sola cosa el estanque, Guillermo, el aire y yo.

 

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