aifos

Colectivo de escritores en busca de conocimiento y letras. 2011

Consentida de Dios

Written By: admin - May• 10•11

Bernal, Magdalena

 

Consentida de Dios.

 

Aquí yace alguien que realmente no se quería morir. Todavía no. Puedo decir con certeza que estaba en los años más felices de mi vida.

La infancia la recuerdo vagamente, apenas algunos recuerdos que uno se va construyendo con el tiempo en la memoria, la pubertad fue invadida por un ardiente enojo interno, los veintes por mi falta de trabajo personal, mis ganas de pertenecer, de dar gusto a los demás y por las subsecuentes turbulencias de un divorcio, los choques por temas de deber ser con mi familia y la ruptura con el catolicismo para siempre; turbulencias generosas con las que me llevé enormes lecciones y de las que les estoy agradecida.

Los treintas me estaban sabiendo delicioso. Me aceptaba más, me conocía cada vez mejor, tenía claro lo que no quería, buenos y entrañables eran los amigos con los que contaba. Había perdonado, en su mayoría mas no del todo, me había perdonado, tenía una relación con un generoso hombre bueno que me dejaba ser y hacer y al que le debo gran parte de mi introspección, un rol de filantropía aterrizado que me hacía sentir muy bien conmigo, me había ido despojando de telarañas mentales al por mayor e inventado mi propio modelo de Dios que me funcionaba. Estaba aceptando cada vez más a mi familia tal como es y experimentando la maternidad y ese amor incondicional que brota a borbotones hasta entonces desconocido por mí. Estaba agusto conmigo. Recién esta década descubrí mi afición por la lectura, por la ópera y la música, por la curiosidad intelectual desde el mero deseo y no para que mi padre supiera que existía. Empezaba a desinhibirme en muchos sentidos, a descubrir otras facetas de mí, a sentirme deseada, querida, agradecida, y a no tomarme en serio.

Fui una consentida de Dios y de la vida. Tanto de todo. Aquí viví mi paraíso y mi infierno, que fue apenas unas cuantas llamaradas. No me voy a ningún lado mejor ni peor, no creo en otras vidas, ni en la reencarnación, ni en la vida eterna. Hasta aquí llegué.

Me quedo con ganas de haber experimentado; de haber sentido, de haber viajado, de haber aprovechado más a mi madre, pero sobretodo de haber visto crecer a mis hijos, de haberlos visto ser quienes vinieron a ser. De estar presente en sus sucesos importantes. Sé que no soy indispensable y que crecerán bien sin mi, simplemente me hubiera gustado estar allí para presenciarlo. Desde el momento en que fui madre el único mantra que me repetí es ‘que me entierren mis hijos’, ‘que me entierren mis hijos’ y en ese sentido estoy agradecida de haberme ido antes.

Aunque corta, fue una vida intensa. Fui una privilegiada en toda la extensión de la palabra.  Si mi vida fuera un libro no me daría flojera leerlo; estaría lleno de capítulos de alegría, de dolor, de aprendizaje, de ruptura, de deseo, de amistad, de placer, de muchas querencias, de viajes y de privilegios.

Gracias a Dios, a la vida, a la suerte o a quien haya que agradecer, porque salí ganona en la tómbola; por los padres que me tocaron, por cada uno de mis hermanos, por mi marido, por mis amigas y amigos, por mis maestros, por mis perros y sobretodo por mis hijos.

Estoy convencida de que las mejores páginas del libro de mi vida estaban aún por escribirse.

 

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