aifos

Colectivo de escritores en busca de conocimiento y letras. 2011

Leon Tolstoi

Written By: admin - Nov• 12•13

El texto a leer (para bajar con iPad o para imprimir): Tolstoi Leon – La Sonata A Kreutzer 2

 

El documental que nos mandó Angélica:

 

Por si se les antoja escucharla mientras leen: aquí está completa la composición de Beethoven inspirada en el texto de Tolstoi

 

Biografía de Fiodor Dostoievsky

Written By: admin - Nov• 12•13

 

El hermoso japón y yo, de Yasunari Kawabata: TEXTO

Written By: admin - Mar• 05•13

EL HERMOSO JAPÓN Y YO
Yasunari Kawabata
LECTURA DEL NOBEL DE LITERATURA

En primavera, flores de cerezo;
en verano, el cuclillo.
En otoño, la luna, y en
Invierno, la nieve fría y transparente.
Luna de invierno, que vienes de las nubes
a hacerme compañía:
el viento es penetrante, la nieve, fría.

(more…)

Cuento de Navidad en Junio

Written By: admin - Jun• 10•11

Zolliker, J.S.

 

Al fondo de la cabaña, cruje la chimenea mientras pequeñas chispas – cual hadas que al estornudar iluminan la noche – revolotean por doquier dibujando una estela de cálido olor a madera. Entre risillas divertidas, él levanta la vista de los recortes de noticias raras que colecciona y que tanto le divierten, y su mirada se dirige a la ventana principal de la cabaña. Está nevando. No podría ser mejor.

“Roban bebé pingüino”
Las autoridades sanitarias temen que el motivo haya sido para utilizarlo como regalo de Navidad…

 

“Mujer gorda deberá hacerse estudio en zoológico”
Jennifer Walters, de 185 kilos, tiene tal magnitud que no cabe en ningún aparato de resonancia magnética humana, por lo cual los médicos sugirieron fuera traslada al zoológico de Nueva York que cuenta con un aparato similar diseñado para diagnóstico de hipopótamos…

Riendo, se levanta de la rústica mesa donde tiene desplegado todo ese conjunto de recortes de diarios acumulados durante el año, y se sirve una copa de Calvado que decanta y bebe solamente en esta noche. Disfruta el aroma, el sabor seco amanzanado que acompaña con un poco de queso ahumado y jamón de jabugo; ama su dejo acastañado. También, ama sus notas raras. Y es sólo hoy, que junta las del año por concluir y las reúne y archiva en cajas con las de años anteriores; actividad que goza de sobremanera. Sí, es cierto. Lo suyo es un pasatiempo poco común, especialmente para alguien tan culto y adinerado. Por eso, nadie sabe de su gusto extraño.

Esta tradición lleva muchos años cumpliéndola en secreto y al pie de la letra. Comenzó cuando tenía treinta y tantos años y ahora, con miles de cajas en bodega, es un hombre mayor, de poco cabello blanco, arrugas profundas, caminar lento y pecas en las manos… Y aunque con el tiempo los ojos se le han ido apagando, no ha sucedido lo mismo con su sentido del humor, que más bien se ha refinado y afilado. Es así, como todos los años, que pasa la víspera navideña recordando, leyendo sus recortes y riendo a carcajadas abiertas hasta que se duerme algo alcoholizado…

“Roban de museo los famosos zapatos rojos de Dorothy”. El par de zapatos rojos que Judy Garland utilizara en la cinta del Mago de Oz, fueron robados de un museo en Minnesota…

Esta nota la separa de las demás. Luego, con cierta melancolía que no le dura mucho tiempo, piensa en que sería bueno tener un perro. El aire huele a campo, y el frío respirar que entra a sus pulmones junto con el humo de su pipa, lo hace sentirse renovado. Siempre este ritual lo pone de buen humor. Ha habido ocasiones, en que hasta de la risa se ha orinado…

“Esposo infiel delatado por el Loro de su Mujer” Las infidelidades de un hombre quedaron al descubierto cuando el loro de su esposa imitó su voz cuando la pareja sostenía relaciones sexuales. El loro imitó un “oh, si, Norma, así me gusta” , y Carmen, la esposa, se percató que el loro se refería a la secretaria de su esposo…

Esta es la forma en que él, se hace su Noche Buena. Sólo por que así lo ha decidido. Trabaja todo el año coleccionando asuntos nimios y cómicos que concluyen en el éxtasis de la risa. Y así le gusta celebrar estas fechas. No con el ánimo depredador de las compras. Sino con la risa. Algo tan simple y único, personal e íntimo como la risa.

Desde que tomó la decisión, él no piensa en un regalo ideal, y tampoco se decepciona al observar que lo cambian por otra cosa. Él no tiene que poner cara de sorpresa ni de agrado al recibir artículos que nunca compraría. No se endeuda, no sufre la cuesta de enero, no debe dinero. No va a centros comerciales ni hace kilométricas filas. No se mete en el calor ni en el bullicio. No se obliga a comer pavo ni ningún otro platillo que en realidad nunca ha apreciado. No escucha jingles, ni plegarias, ni da ni recibe abrazos. No tiene que tolerar a aquellos miembros de la familia cuya compañía no gusta demasiado. No compra arbolito, ni tiene que barrer las esferas que se cayeron y rompieron, ni revisa las luces intermitentes, como tampoco hace corajes por los miles de foquitos del vecino. Él, en Noche Buena, no lidia ni con tontos ni con borrachos, y no tiene que ceder al estacional sentimentalismo.

Él no consume más coca cola ni chocolates. No se indigesta, no sufre del tráfico en esta época. Ni si quiera tiene que oler de cerca el ambulantaje. No canta ni rompe piñatas, no asiste a posadas. No tiene que sostener superfluas charlas de los acontecimientos recientes, que parece se llevan a cabo más por demostrar estar informados que por querer escuchar otros puntos de vista… Tampoco sufre y aguanta los falsos motivos y reflexiones catárticas lagrimosas. No AMLO con sus pejedadas, ni Calderón con sus pendejadas, ni Peña con sus copetazos. No Bush, no Osama, no nada. A él, sólo le cae bien la risa. Es lo único que ha decidido para estas fechas. Porque él, es un hombre que decide estas fechas para estar absolutamente sólo. Sólo con su recortes de periódico, sus queridas notas raras. Y este año, con un pequeño regalo que se ha hecho asimismo: un par de zapatillas rojas con las que ha decidido engalanar su pies.

 

Romance de la Soledad

Written By: admin - Jun• 09•11

Garfias, Pedro

Homenaje a Góngora

Romance de la Soledad

Aquí estoy sobre mis montes
pastor de mis soledades.

Los ojos fieros clavados
como arpones en el aire.

La cayada de mi verso
apuntalando la tarde.

Quiebra la luz en mis ojos
la plenitud de sus mármoles.

Tiene el tiempo en mis oídos
retumbos de tempestades.

Mi corazón se acelera
sobre el volar de las aves.

Vibra mi sien al zumbido
de los vientos y los mares.

Y aquí estoy sobre mis montes
pastor de mis soledades.

Horas de Junio

Written By: admin - Jun• 09•11

Pellicer, Carlos

 

Horas de Junio

Vuelvo a ti, soledad, agua vacía,
agua de mis imágenes, tan muerta,
nube de mis palabras, tan desierta,
noche de la indecible poesía.
Por ti la misma sangre -tuya y mía-
corre el alma de nadie siempre abierta.
Por ti la angustia es sombra de la puerta
que no se abre de noche ni de día.
Sigo la infancia en tu prisión, y el juego
que alterna muertes y resurrecciones
de una imagen a otra vive ciego.
Claman el viento, el sol y el mar del viaje.
Yo devoro mis propios corazones
y juego con los ojos del paisaje.
Junio me dio la voz, la silenciosa
música de callar un sentimiento.
Junio se lleva ahora como el viento
y el alma inútilmente fue gozosa.
Al año de morir todos los días
los frutos de mi voz dijeron tanto
y tan calladamente, que unos días
vivieron a la sombra de aquel canto.
(Aquí la voz se quiebra y el espanto
de tanta soledad llena los días.)
Hoy hace un año, Junio, que nos viste,
desconocidos, juntos, un instante.
Llévame a ese momento de diamante
que tú en un año has vuelto perla triste.
Álzame hasta la nube que ya existe,
líbrame de las nubes, adelante.
Haz que la nube sea el buen instante
que hoy cumple un año, Junio, que me diste.
Yo pasaré la noche junto al cielo
para escoger la nube, la primera
nube que salga del sueño, del cielo,
del mar, del pensamiento, de la hora,
de la única hora que me espera
¡Nube de mis palabras, protectora!

La Menopausia

Written By: admin - Jun• 07•11

De Pinomontano, Manuel

 

Mi marido estaba en plena menopausia masculina, creo que los doctores la llaman andropausia, o no sé si es solo una palabra inventada por la gente. En cualquier caso, el climaterio de los hombres es fácil de detectar, no tiene uno más que leerse un manual de puericultura donde venga con todo detalle el comportamiento infantil. Berrinches inesperados sin motivo aparente,  megalomanía y mezcla de fantasía con realidad.

A nosotras, por la cultura patriarcal en que vivimos y el consumismo al que los gobiernos nos someten, la menopausia nos hace sentirnos con la moral baja, sin autoestima, histéricas y llenas de calores, al fin y al cabo se nos trata como un producto de consumo que siempre debe estar nuevo y pulcro, como una Barbie. A ellos, en cambio, no se les exige más que éxito y cuando andropausia les llega, lo lógico es que por su edad lo hayan conseguido aunque sea un poco, y eso les hace sentirse en una segunda adolescencia, se creen irresistibles ante chicas que pueden ser sus hijas. Y como si los espejos no existiesen les declaran su amor sin ton ni son, creyendo que las cautivan con atractivo, inteligencia y sabe Dios que talentos imaginarios.

A Juan, el climaterio, le había dado de lleno en su ego, pero como es normal en estos casos se lo acrecentó. Parecía que se imaginase tan atractivo como Richard Geere y tan inteligente como un premio Nobel. Caminaba como un pavo, pero no real, sino de los de granja, algo así como si como si le hubiesen metido un palo por el culo.

En sus alucinaciones, se había enamorado de una chica de 22 años que conoció en la empresa donde trabajaba, un bombón, ya saben, y por supuesto mi marido pensaba que ella se sentía irresistiblemente atraída hacia él, por sus genuinos encantos, por su inteligencia y su don de seducción. Como si todas las mujeres tuviésemos el complejo de Electra. A partir de entonces, sus frases para conmigo se reducían a un Juana estás más gorda, vienen clientes y salgo a cenar hasta las tres de la mañana, hoy hago horas extras y duermo en la oficina, y así hasta que un día va y me dice que no es feliz, yo le pregunto si tiene a otra y la respuesta es negativa.

Lo siguiente es que se va de casa, y vete tú a saber que rollo le cuenta a la chica joven -que era la limpiadora de la oficina-, sobre lo importante que es él en la empresa, que la tipa, por supuesto, cree que va a ser ascendida de fregar suelos a secretaria, y aunque sabe que está casado transige por seguirle el rollo.

Pero no, mi Juan no es tan poderoso y aunque se las de grande, la verdad siempre aflora y la cruel realidad es que además está barrigudo, tiene pelos que le salen de las orejas y  lo hacen parecer un enano de Blancanieves, cejas que han comenzado a crecer a lo loco, sin piedad, como poseídas por una diabólica mutación genética, una nariz que la edad se la dejó como una calabaza y además, para colmo, halitosis. A los seis meses y viendo que no hay nada que hacer la chica lo deja. Le está bien empleado.

Yo sigo deprimida, porque a pesar del mal aliento le quiero tal y como es, estoy tomando Prozac, llorando y con los rulos puestos a todas horas a ver si cambiando de peinado algún milagro ocurre. Y así fue, Juan un buen día vuelve a casa, el no sabe estar solo, es un adicto a las relaciones. Me dice que me quiere, que lo perdone, que estuvo confundido, pero que se ha dado cuenta que me ama, y que quiere a los niños. Yo lo acojo, lo perdono, me vuelvo a acostar con él y lo amo como nunca, enterito, con  las cejas, la nariz y el mal aliento. Mi gozo no dura mucho, el que lo hace una vez lo hace dos y tres. Y así tres semanas más tarde me cuenta que por negocios se va a Cuba, no supe más de él hasta que vuelve con una mulata de 18 años, de esas pobres que por un bolso de Luis Vuiton, unas gafas de Chanel y un reloj Cartier le debe hacer unos guagüis de lujo. Juan, entonces, decide que me va a pasar una pensión de mierda -a pesar de lo que quiere a sus hijos-, porque está claro que necesita más dinero que nunca o no hay más guagüis, la calle Serrano es bién cara y en tiendas de marca ni te cuento.

Me sigo deprimiendo más y más, está visto que los rulos no hacen milagros, los tiro por la ventana en un ataque de furia, y sigo con el Prozac, llorando y encabronada. Me voy a una abogada feminista que dice que le va a sacar a Juan hasta la mugre de las uñas. Porque aunque mis hijos son ya mayores y la mediana se va a casar, todavía hay muchos gastos en esta casa.

El tiempo pasa, me voy a una terapia que no sirve de nada, hablo con el cura del barrio y hago caridades para distraerme, pero no, cada día estoy mas neurótica, la espinita no se me sale del alma. Quiero venganza, necesito desquitarme, lo odio, lo odio y lo quiero, aunque he aprendido a vivir sin él –que duda cabe que somos el sexo fuerte- echo de menos a alguien de noche, a veces quiero que sea él, pero otras que sea otro cualquiera, que tenga  mejor cama.

Un día una amiga, Carla, me lleva a una nueva peluquería, toda de diseño, decoración exquisita, “chic a la mode”,  te ofrecenchampagne mientras esperas, hay dulces en bellos centros de cristal veneciano y perfume minimalista en el ambiente. Mientras bebo, leo una revista donde encuentro un anuncio de liftings…, ¿y si me lo hago?. No, me da miedo el quirófano, además no creo en lo artificial. Que dilema, aunque no creo en ser como una muñeca de plástico, está visto que me hace falta encontrar  mi lookparticular. Carla se está haciendo un facial en la otra esquina, se la nota relajada y feliz. Cuando acaba, viene a donde estoy y me presenta al dueño, un Italiano, Ernesto.

Ernesto es gay, pero no lo parece, no es una maricona loca de esas que una ve por la calle, va vestido muy varonil pero moderno, es alto, fuerte, con el cabello sal y pimienta,  tiene unos 47 años, como mi Juan, pero él si que esta mejor que Richard Geere, que pena, que desperdicio. Y una tan sola, tan necesitada…

Ernesto me sienta frente a un espejo después de lavarme la cabeza, hace que me mire a mí misma, no estoy tan mal, un poco rellenita quizá, pero soy resultona. Me toca el cabello y me frota la cabeza con unas lociones que me hacen tener un orgasmo en la silla giratoria, me echa unos líquidos, unos tintes, me corta las puntas, me habla de unas inyecciones de colágeno para mis patas de gallo que me dejarían fenomenal. Me dice que estoy fantástica, divina, y así me siento cuando dejo el salón. Soy otra.

Dicen que el mejor amigo del hombre es el perro, pero el de la mujer, lo aseguro, su peluquero.

Un mes más tarde, y alentada por él, estoy tomando clases de aeróbic, voy a yoga tres veces por semana para olvidarme del Prozac, y lo consigo. Ernesto ya me ha puesto las inyecciones de colágeno y me ha hecho un peeling: ya no hay más patas de gallo.

La abogada  me gana el pleito de la manutención. Estoy feliz, por fin lo jodo de alguna manera y con los atrasos que me paga el cabrón de Juan renuevo mi vestuario, ya estoy harta de vestirme de señora decente. Guardo las perlitas de mamá en el cajón y me pongo moderna, sexy, enseño mis piernas, que todavía están de buen ver y los hombros, que están bronceados del solarium de la peluquería.

He adelgazado seis kilos, y ya no me da miedo el quirófano, como decía mi abuela, “a grandes males, grandes remedios”, me hago por fin un ligero lifting en la cara y me opero los senos. A los seis meses parezco otra, los hombres me vuelven a mirar por la calle y en el gimnasio un par de ellos me hacen un día si y otro no contactos visuales que me erotizan hasta el punto de hacerme sentir viva, más viva que nunca. Tomo masajes de aromaterapia porque necesito que me toquen aunque sea sin sexo -pero que me soben a base de bien-, y así poco a poco me voy despertando a la vida. Mis amigas me dicen con envidia que ya no tengo edad para ir así por el mundo, y esa es la prueba de fuego, debo estar poniéndome muy buena. Cada 15 dias voy a ver a Ernesto, el sigue diciendo que estoy espectacular.

Aun así, he quedado muy harta de hombres, no me importaría echar algún polvo con Harrison Ford, pero vivo feliz sola.

Ernesto me ha invitado varias veces a  fiestas gay, yo voy a todas, me lo paso bomba, salimos bastante a menudo, es muy divertido, bailo con todos ellos la salsa, rumba, lo que sea, me siento erótica en medio de tanto hombre guapo, pero no amenazada, ninguno me quiere follar y todos me encuentran estupenda, soy el ídolo de todos ellos, la Marlene Dietrich de la fiesta, bebo lo que quiero, me emborracho, y aunque nunca lo había hecho antes no me siento una perdida,  me siento a salvo.

El miércoles mi hija va y me dice que se casa en seis meses, qué barbaridad, ya me siento vieja. Su padre le paga la boda, menos mal. Por no perder a sus hijos les larga dinero cada vez que ellos le piden y él puede, ya cree por extensión que amor y dinero van unidos. La cubana debe estar haciéndole unos gastos de muerte.

Perfecto cariño, le digo a Merceditas, nos vamos a Serrano a elegir traje de bodas, tarjetones, la lista de bodas es mejor en el Corte Inglés para que pueda descambiar los regalos y pagarse el viaje de novios, el catering que lo haga Juliá, ¿o lo vas a celebrar en el Ritz?, me embalo con los preparativos, hasta que de repente caigo en la cuenta que Juan estará allí con la cubana. Me aterro, no quiero verlo para nada. No lo he visto desde entonces, desde que se fue de viaje.

Los meses pasan, yo sigo en el aeróbic, el yoga, el colágeno y la cultura gay.

Un día se me ocurre algo maquiavélico, cojo el teléfono y le hablo a Ernesto, quedamos para un café en la peluquería. Le cuento mis miedos, mis angustias, mis inseguridades. Ernesto me apoya, inventamos, maquinamos. Dios que desperdicio de hombre, ¿porque no será hetero?. Mejor así, si no, no habría amistad. Los hombres solo piensan con la entrepierna y Ernesto también porque al fin y al cabo es hombre, aunque estoy feliz de que en ese sentido no me haga blanco de su instinto.

El día de la boda de mi hija, Juan llega con la tipa, una guarra, como va vestida…, yo voy del brazo de mi Italiano, nadie sabe…, todos creen que hacemos una pareja ideal. Ernesto es un caballero y yo ya estoy tan transformada que Juan ni me reconoce a primera vista. Mis tetas están en su punto, mis piernas también, mi cuerpo más prieto por el aeróbic, mi mente mas sana con el yoga, las patas de gallo se fueron con el colágeno y el lifting, y mi autoestima alta gracias a Ernesto.

El hijoputa de Juan se acerca, me mira de arriba abajo y me presenta a la putona, mira esta es Juana, mi ex, le dice, y mirándome me dice el nombre de ella, Tamara Elisabeth, mi compañera sentimental. No sabía que las pelanduscas se llamasen así ahora, pienso para mí, que tendrán que ver los sentimientos con Luis VuitonChanelCartier. Yo no le presento a Ernesto, no le voy a dar el gusto, sonrío abiertamente, les respondo un “encatada” y me doy media vuelta.

Juan no me quita ojo, a los postres viene a saludar a alguien de una mesa cercana, pero es solo un pretexto para verme otra vez de cerca. A los bailes salgo la primera con Ernesto, bailamos el vals tras Merceditas y su flamante marido. La cubana no sabe baile tan sofisticado, aunque lo intentan parece un pasodoble con el meneo que da de culo la muy perra.

Sigo sonriendo a todos, bebiendo champagne y presentando a Ernesto a la familia de Juan, que me miran como si fuese yo la mala, la zorra, la puta, la perra. Me alegro, no quiero lástimas del enemigo. Me dicen las cuñadas que estoy muy cambiada, que parezco otra, y con malicia me miran a las inexistentes patas de gallo, yo les contesto que sigo siendo la misma, Juana Godoy, pero que el amor verdadero transforma y rejuvenece. Suelto una carcajada al aire y me marcho a bailar, esta vez  la lambada. Juan también sale con la pilingui, ella será cubana y la bailará bién, a lo tropical, pero yo he tenido mejores profesores en la discoteca Adonis y no me quedo atrás. Ernesto sabe ser muy sensual, bailamos sin tapujos.

Al dar vueltas y vueltas puedo ver la cara de Juan, está ridículo, el  mechoncito que usa para taparse la calva se le revoleó a pesar de los kilos de gomina que se puso y la cubana se está fijando más en su sobrino que en él, no me extraña, el dinero no puede tapar su físico. Nos mira con disimulada ira, estoy segura que lo he puesto a cien . Al finalizar nuestro improvisado show se acerca a Ernesto que está pidiendo en la barra más champagne para mi, parece que se le intenta presentar, no sé, algo le dice, Ernesto le devuelve una sonrisa, no le da la mano porque trae ambas ocupadas con las copas, se gira y viene hacia mí. Juan está patético al lado de Ernesto, y en la esquina, para colmo, la Tamara Elisabeth, comienza a bailar la rumba con su sobrino.

Me voy a arreglarle el traje a mi hija, como buena madre, y pierdo de vista todo por unos minutos. Cuando vuelvo al banquete, Ernesto está sentado, esperándome y sonriendo. Juana cariño, tengo algo que contarte, no lo vas a creer. Dime hombre, dime, desembucha. Fui al baño orinar, y cuando estaba de pié frente al urinal, alguien se acercó por detrás con un aliento a Whisky de órdago, me miró fijamente el rabo, que debo decirte tengo bastante prominente, alargó la mano y me lo manoseó con descaro. Me volví irritado a ver de quién se trataba y ¿Adivina quién era?. No Ernesto, no te puedo creer, dije escandalizada. Si Juana, créetelo, te lo juro, debe ser cosa de la Andropausia.

 

Para ti o no entiendo a los poetas

Written By: admin - May• 31•11

Ansaldo, Victoria

 

Para ti o no entiendo a los poetas

 

El amor no es sencillo. Es entrega, donación, confianza. Es espera, paciencia y desesperación. No llega cuando lo llamamos y aparece cuando no lo comprendemos. Nos revuelca, nos daña, nos enseña y enaltece. Es un tornado mareador que arrasa con lo que encuentra, para que podamos reconstruirnos sobre las cenizas del pasado.

La pura cursilería lo cubre de una miel tan pegajosa, que nos empalaga y hasta nos asquea, cuando no correspondemos. Cartas, canciones, páginas y bibliotecas enteras dedicadas al amor que se fue, al que nos sorprendió a la vuelta de una esquina, al eterno, al fatuo, al verdadero y al que nunca ocurió, sólo fue une espectro.

Adolescencia apasionada, adultez apasionada. La pasión no envejece con el cuerpo, desaparece con la rutina, nos abandona con la costumbre y nos noquea con la novedad y lo prohibido.

Resignación, disfrute, esperanza… Cada uno a su manera recibe lo que le toca, lo que buscó y a veces lo que se merece.

Todo esto puede ser verdad, el drama, el goce delirante, la felicidad eterna y el desgarro del alma. Sin embargo, quiénes son los poetas, quiénes son los novelistas, los literatos, los músicos, los danzantes. Porqué son ellos los que ostentan el monopolio del amor. Qué han hecho, qué han vivido, que nosotros, los mortales, no podemos comprender. De qué privilegios gozan, qué loco encantamiento los dotó de otros poderes. ¿Ven más, sienten mejor? ¡Ya! Que me digan, que me expliquen, lo quiero saber, y ahora. Qué nos quieren enseñar o compartir, con esa petulancia infinita disfrazada del dolor del incomprendido.

Y lo sé. No me envuelve la bruma en un puerto lejano, no me acompañan niñas de burdel. No tengo hambre de cena caliente, de pan tostado ni de grandeza. No soy pobre, no debo nada, no tengo mecenas ni amigos borrachos en almizcle. Pero sé del amor. Sé que te envuelve como el sol de la mañana, te acaricia, dulce, no te mata. Sé que como una escalera infinita te lleva a los mejores lugares de tu alma, y la del otro. Sé que se desborda. Es un río en la creciente, que como un Nilo eterno da vida a todo lo que toca. Sé que calma la sed en una hoguera, que espera sin preguntas, y que a veces, nos clava un puñal frío y envenenado.

No entiendo a los poetas. ¿Qué me pasa, soy tuerta, coja? ¿Qué corre por mis venas? ¿Escuchan mis pulsaciones? El don de la palabra trastoca los sentimientos, los ensalza o sólo los describe con lupa, los aumenta y los engrandece. Siento y me sienten, amo y soy amada, pero me pierdo en sus palabras, me confundo con sus almas torturadas y hasta creo que envidio la cima de sus pasiones.

Sin embargo te prefiero, manso, tranquilo, loco, dulce, fogoso, pasado, presente y futuro. Te prefiero dormilón, apestoso y despeinado. Te quiero nervioso, obsesivo. Te extraño cómodo, natural y sin esfuerzos. Te sufro cotidiano, rutinario y habitual. Te busco siempre y a veces no te encuentro, porque no sé donde estoy, pero sé de donde vengo y confío en cada paso que camino hacia ti. Adoro tu esperanza, inagotable, alegre, perseverante y hasta terca. Admiro tu mano siempre abierta y tu abrazo eterno. Te elegí así, te vivo, te amo y te padezco. Así te quiero, con una profundidad escalofriante que deseo no tenga fin. No soy poeta, literato, músico ni danzante. Mi arte es lo cotidiano, que con este amor, se hace excelso.

Tamales

Written By: admin - May• 31•11

Ansaldo, Victoria

 

Tamales

El mundo de los vivos y los muertos está más cerca de lo que todos imaginamos. Aunque muchas veces sea la misma imaginación la que nos juegue una mala pasada. Por las dudas, yo prefiero seguir los consejos del Padre Cordeiro, que era el capellán de mi escuela. Toda mi vida fui educada por las monjas, y la verdad es que no lo resiento. Nuestro día transcurría tranquilo, por los fríos pasillos, los techos altos y las ventanas de grueso hierro del colegio. Conocía todos los rincones de ese majestuoso edificio, que a la mayoría nos parecía un castillo interminable. Siempre fui buenaza, cumplidora y sonriente, y las monjas me querían. Fue por ello que me llevaban por todos lados, inclusive podía entrar en “la clausura”, un lugar vedado a la mayoría de los mortales.

Catorce años pasaron desde el primer día que crucé el portón de hierro trabajado de mi escuela. Allí conocí los secretos de la fe, allí comprendí que el más allá estaba mucho más acá de lo que creemos. Y es por esto que cuando escuché las palabras de Alejandra me estremecí. Lo paradójico es que allí estábamos todas. Todas son mis amigas, y mis amigas no son como yo, bueno, casi.

Como la mayoría de los sábados nos juntamos a tomar el té. Los niños se acercan a la mesa para pescar un pan dulce, un vaso de leche o un pedacito de budín casero, mientras nosotras nos sumergimos en las conversaciones más divertidas y menos interesantes, para el resto, obviamente. Divagábamos sobre tareas escolares, lo que se usaría este invierno, la relación de alguna con su madre o una receta nueva, quien sabe y la verdad, no importa. Sin aviso Ale interrumpe la verborragia colectiva con un profundo “No saben que”. El silencio partió en dos al grupo y nos miramos extrañadas. Es que Ale no habla mucho, casi nada, eso sí, sus sentencias son palabra sagrada. Resulta que su amiga, otra mejor amiga, que no lo es tanto porque sino sería parte de este té, tienen un hijo, Rodrigo. Rodrigo es un niño muy alegre, un poco introvertido para su edad pero en confianza conversador y amigable. Tienen un amigo, un amigo imaginario, con el que juega constantemente y del que ya todas sabíamos. A la mayoría nos da un poco de miedo el tema, o impresión, o una sensación rara, de incomodidad, y cada vez que conversamos sobre ello agradecemos que los 15 hijos que juntamos prefieran jugar con personas de carne y hueso. Pero bueno… cualquier libro dice que tener un amigo imaginario es normal y hasta saludable para muchos niños. De nuevo, gracias a Dios, por mi casa no se aparecen.

Una tarde, hacía una semanas, llovía mucho. La mamá de Rodrigo estaba bastante frustrada porque ya no sabía cómo entretener al pequeño y decide mostrarle fotos viejas, álbumes de su infancia y adolescencia, retratos de un pasado no tan lejano y bastante feliz. Después de un rato largo de contar historias de antaño, ella se levanta a la cocina. Se huele desde la sala el olorcito a chocolate que sale del horno. El pastel está listo. Toma un guante, abre el horno lentamente para que esta delicia no pierda altura ni suavidad, y en ese preciso instante, justo cuando estaba concentrada en la tarea como un cirujano siente un grito: “¡Mamá!”. No fue un solo grito fueron muchos: “¡Mamá, mamá, mamá, mamá!”. Deja el pastel en el horno, deja el horno abierto, deja el horno prendido y corre. Cuando llega a la sala ve a su niño con una sonrisa de satisfacción y alegría. “Mamá, no sabes que, aquí está Alejandro. Aquí, aquí, aquí”. Ella se quedó muda, no pudo ni esbozar una sonrisa, sabía perfectamente quien era Alejandro, el amigo invisible de su hijo. Los cuatro pasos que la separaban del álbum los recorrió en una vida, su cabeza giraba como una perinola endemoniada. Se asoma y junto al pequeño dedo de Rodrigo ve una cara familiar. Martín Alejandro Hernández, su novio de la adolescencia, al que perdió en un accidente de autos, hacía muchos años.

Cómo les explico lo que sentimos todas en ese momento. Hasta las más incrédulas, la mayoría, quedaron postradas, con la mirada fija y la piel enchinada. Un muy sabio: “Es creer o reventar” cortó el silencio y ya nadie más habló. De a poco nos levantamos, unas fueron al baño, otras a ver a sus hijos, checamos los celulares… todo seguía igual.

Mi niña es muy expresiva, es sensible y sus ojos la ayudan. Son dos canicas turquesas que me sorprenden cada mañana cuando voy a despertarla. Aún adormilados son intimidantes. Es diminuta, delgada y su pelo es todavía de bebé, finito y enrulado. Mi niña es muy dormilona, le gusta quedarse en su cuna y levantar los piecitos al aire, enroscarse en sus muñecos y cantarse nanas bajito, bajito. Una noche, al apagar la luz del velador de su habitación, se para pronta en la cuna y tomada fuertemente de los barrotes de madera blanca me dice: “Mamá, tengo miedo, hay un hombre en mi cuarto”. Se me heló la sangre, se cortó mi respiración y sentí que mis piernas desaparecían. Rodrigo, Alejandro, Alejandro, Rodrigo, el pastel de chocolate, el té, mis amigas… Mi cabeza parecía una pantalla en donde se proyectaban incontables imágenes, y sentí miedo. Me acerqué despacio, me hinqué y con una enorme y falsa sonrisa le pregunté que ocurría. Con sus pequeñas palabras y sus ojos atemorizados respondió lo mismo, “Hay un hombre en mi cuarto”. Lo dijo con enojo, hasta con un poco de sorna, ¿es que su madre no la había escuchado? “¿Qué hace? ¿Lo ves? ¿Te asusta? ¿Es tu amigo? No le pregunté nada, solo la miré y seguí sonriendo, como esperando que me dijera: “Ahhhh, era un chiste”. Pero no, ella también calló y me miró, fijo, quería una respuesta. Junté coraje y decidí no mostrar ninguna señal de alarma, sólo le pregunté “¿Qué hace?”. “Me habla Mamá, me habla todas las noches Mamá”. En un segundo pensé tantas cosas, en el padre Cordeiro, que era exorcista, de lo que nos enteramos cuando ya había muerto, en mi marido incrédulo, en las historias sobre la casa en la que vivo, el robo, el asesinato, en la Virgen de Guadalupe, hasta en mi perrita Café, quien yo creía que un día nos iba a hablar. “¿Y que te dice mi vida?” Ella tomó fuerzas, levantó sus pequeñas manitas al aire y moviéndolas con enojo e impotencia me respondió: “Que si quiero tamales oaxaqueños, y yo no quiero tamales oaxaqueños”.

 

¿Cuánta tierra necesita un hombre? de León Tolstoi

Written By: admin - May• 30•11

Tolstoi, León

 

¿Cuánta tierra necesita un hombre?


Érase una vez un campesino llamado Pahom, que había trabajado dura y honestamente para su familia, pero que no tenía tierras propias, así que siempre permanecía en la pobreza.

“Ocupados como estamos desde la niñez trabajando la madre tierra -pensaba a menudo- los campesinos siempre debemos morir como vivimos, sin nada propio. Las cosas serían diferentes si tuviéramos nuestra propia tierra”

Ahora bien, cerca de la aldea de Pahom vivía una dama, una pequeña terrateniente, que poseía una finca de 150 hectáreas. Un invierno se difundió la noticia de que esta dama iba a vender sus tierras. Pahom oyó que un vecino suyo compraría 25 hectáreas y que la dama había consentido en aceptar la mitad en efectivo y esperar un año por la otra mitad.

“Qué te parece -pensó Pahom- Esa tierra se vende, y yo no obtendré nada”

Así que decidió hablar con su esposa:

“Otras personas están comprando y nosotros también debemos comprar unas 10 hectáreas. La vida se vuelve imposible sin poseer tierras propias”

Se pusieron a pensar y calcularon cuánto podrían comprar. Tenían ahorrados 100 rublos. Vendieron un potrillo y la mitad de sus abejas; contrataron a uno de sus hijos como peón y pidieron anticipos sobre la paga. Pidieron prestado el resto a un cuñado, y así juntaron la mitad del dinero de la compra. Después de eso, Pahom escogió una parcela de 20 hectáreas, donde había bosques, fue a ver a la dama e hizo la compra.
Así que ahora Pahom tenía su propia tierra. Pidió semilla prestada, y la sembró, y obtuvo una buena cosecha. Al cabo de un año había logrado saldar sus deudas con la dama y su cuñado. Así se convirtió en terrateniente, y talaba sus propios árboles, y alimentaba su ganado en sus propios pastos. Cuando salía a arar los campos, o a mirar sus mieses o sus prados, el corazón se le llenaba de alegría. La hierba que crecía allí y las flores que florecían allí le parecían diferentes de las de otras partes. Antes, cuando cruzaba esa tierra, le parecía igual a cualquier otra, pero ahora le parecía muy distinta.
Un día Pahom estaba sentado en su casa cuando un viajero se detuvo ante su casa. Pahom le preguntó de dónde venía, y el forastero respondió que venía de allende el Volga, donde había estado trabajando. Una palabra llevó a la otra, y el hombre comentó que había muchas tierras en venta por allá, y que muchos estaban viajando para comprarlas. Las tierras eran tan fértiles, aseguró, que el centeno era alto como un caballo, y tan tupido que cinco cortes de guadaña formaban una avilla. Comentó que un campesino había trabajado sólo con sus manos, y ahora tenía seis caballos y dos vacas.
El corazón de Pahom se colmó de anhelo:

“¿Por qué he de sufrir en este agujero -pensó- si se vive tan bien en otras partes?. Venderé mi tierra y mi finca, y con el dinero comenzaré allá de nuevo y tendré todo nuevo”

Pahom vendió su tierra, su casa y su ganado, con buenas ganancias, y se mudó con su familia a su nueva propiedad. Todo lo que había dicho el campesino era cierto, y Pahom estaba en mucha mejor posición que antes. Compró muchas tierras arables y pasturas, y pudo tener las cabezas de ganado que deseaba.
Al principio, en el ajetreo de la mudanza y la construcción, Pahom se sentía complacido, pero cuando se habituó comenzó a pensar que tampoco aquí estaba satisfecho. Quería sembrar más trigo, pero no tenía tierras suficientes para ello, así que arrendó más tierras por tres años. Fueron buenas temporadas y hubo buenas cosechas, así que Pahom ahorró dinero. Podría haber seguido viviendo cómodamente, pero se cansó de arrendar tierras ajenas todos los años y de sufrir privaciones para ahorrar el dinero.

“Si todas estas tierras fueran mías -pensó-, sería independiente y no sufriría estas incomodidades”

Un día un vendedor de bienes raíces que pasaba le comentó que acababa de regresar de la lejana tierra de los bashkirs, donde había comprado 600 hectáreas por sólo mil rublos.

-Sólo debes hacerte amigo de los jefes -dijo-. Yo regalé como cien rublos en vestidos y alfombras, además de una caja de té, y di vino a quienes lo bebían, y obtuve la tierra por una bicoca.

(more…)